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Fundación Apadrina un Olivo: revitalizando pueblos vacíos gracias al cultivo del olivo

Gestionan unos 15.000 olivos, ya cuentan con alrededor de 6.000 padrinos y con su labor revitalizan pueblos que estarían abocados a la desaparición

Autores: @Lucía Martín (colaborador de idealista news), @Jone Ibabe

En el bar Bareta, el único de Oliete, se nota eso de que un 30% de la población está ocupando el 90% del territorio: de vez en cuando pasa algún tractor por la calle y poco más. Se oye el trino de los pájaros y a los parroquianos que se reúnen en este que, sin duda, es el epicentro del pueblo. Que bien podría ser una delegación de la ONU, considerando la diversidad de nacionalidades que hay: Claudia es de Sudáfrica y habla 5 idiomas; Wilson es colombiano y se desplaza con un altavoz para deleite (o no) de todo aquél que se le encuentre; Jaime Grimaldo, es venezolano y llegó aquí gracias a la Fundación Apadrina un Olivo.

Esta fundación se dedica a recuperar el cultivo del olivo y a la par que salvan el olivar, generan desarrollo y fomentan la economía en los pueblos donde se implantan. En este caso operan en Oliete y Alacón, dos pueblos de Teruel donde ya disponen de dos naves industriales. En una opera una almazara y en la otra trabajan las conservas, del cultivo de temporada que toque: alcachofas, puerros…

Tienen, de momento, alrededor de 6.000 padrinos y gestionan unos 15.000 olivos: su labor ha permitido crear unos 12 puestos de trabajo en Oliete. El funcionamiento de la fundación es sencillo y se basa en el modelo de apadrinamiento de algunas ongs: el padrino aporta 50 euros al año, previamente ha elegido un olivo abandonado que bautiza y puede visitar cuando quiera. Para agradecerle el gesto, la fundación le envía dos litros al año de AOVE de la marca Mi Olivo. Grimaldo hace un poco de todo en la fundación: “Llegué a Bilbao y tenía que hacer mi trabajo de tesis sobre despoblación e innovación social. Descubrí esta comarca, esta iniciativa y me vine a trabajar en mi tesis y aquí me he quedado. Mi trabajo en la Fundación es variable. En la campaña aceitunera recibo a los agricultores e inicio la pesada…. Fuera de campaña hago un poco de todo, fotografío los olivos, acudo a los colegios para hablar de este cultivo, etc… “, explica.

La iniciativa surge en 2014: se inventan una fórmula a través de la cual los propietarios de los campos de olivos, que ya no los trabajan, se los ceden por un plazo de diez años y la fundación se encarga de la recuperación del olivar. La nave en la que opera la almazara, con laterales pintados por el colectivo Boa Mistura, da la bienvenida al visitante al llegar al pueblo en el que residen 343 habitantes, que serían menos de no contar con esta actividad. De hecho, la escuela del pueblo sigue abierta gracias a la llegada de trabajadores de la fundación. “Gracias sobre todo a Carlos, uno de los trabajadores, que llegó con sus 4 hijos. Carolina también vino, ella tiene un niño”, explica Montse, que trabaja en la conservera de Alacón.

Ella tuvo varios trabajos hasta que llegó a la fundación: “De limpieza, en un bar… nada serio”, apunta. Es de Barcelona, aunque su familia es oriunda de Oliete: “Hace 18 años que me vine aquí. Estaba cansada de la ciudad. Tenía un niño, quería que el niño se criara en el pueblo y vamos, estoy encantada, no me volvería a la ciudad”, afirma.

Y eso que vivir en el pueblo en invierno no es cosa fácil: Filomena y las imágenes de Madrid bloqueado son para ellos peccata minuta.. Aquí es habitual que la nieve llegue a las barbas y quedarse incomunicado: “El invierno pasado estuve varios días sin poder comunicarme con mis hijos en Venezuela porque no funcionaba ni el teléfono”, corrobora Grimaldo. Y, que nadie se lleve a engaño, el trabajo del olivar también es duro, coincide con los meses de más frío en los que hay que ir a recoger la aceituna. En contraposición, tanto Jaime como Montse destacan la vida tranquila del pueblo y su gente, hospitalaria y acogedora.

Casas baratas

La fundación, en colaboración con el Ayuntamiento de Oliete, cuentan con una casa que está a disposición de familias que quieran mudarse al pueblo: “Las condiciones es que tienen que trabajar en Apadrina un olivo y que la pareja tenga niños en edad escolar”, explica Grimaldo. Él no pasó por dicha vivienda: vive de alquiler en una casa de casi 70 metros cuadrados, con 3 habitaciones, cocina, baño y salón por la que paga 250 euros: “Aquí una casa te cuesta lo que una habitación en una ciudad”, añade.

“A mí me gusta esta tranquilidad, me gusta el entorno, la gente.. Se ven momentos duros, por ejemplo en invierno, pero ves que unos se preocupan de otros. Son valores que creo que se han ido perdiendo con el tiempo. En los pueblos puede haber vida y de hecho nosotros somos una manifestación de ello”, finaliza Grimaldo.