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La historia de una silla o cómo el azar está detrás de la creación de los objetos más cotidianos

Pixabay
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Autor: @Lucía Martín (colaborador de idealista news)

Mira a tu alrededor y fíjate en cualquier objeto anodino. Una silla, por ejemplo. A menudo no reflexionamos sobre si uno o otro objeto tendrá una historia detrás, salvo si lo has comprado en una tienda de antigüedades o perteneció a tu bisabuela. 

Mi primo, sin ir más lejos, siempre llevó poca cosa a la playa. Sin embargo, hace cuatro años nos sorprendió con lo que él catalogaba como una gran compra: una silla de playa que venía con bolsillo en el respaldo, donde poder meter los libros. La primera vez que se sentó en esa silla, en aquella playa de Alicante se percató, de golpe y porrazo, de que se había convertido en un señor mayor: ¡Cómo he podido venir a la playa sin silla, con lo cómodo que se está! exclamó mientras yo sigo tumbándome en la toalla.

Mis padres tuvieron unas sillas de playa con una parte para apoyar los pies, aquello era como una tumbona. Tras usarlas muchos años en la terraza del piso, las acabaron llevando a la casa del pueblo, que era donde acababa todo lo viejo. Eran unas sillas largas, de tela rígida que ya había casi perdido hasta el color. Había que tener cuidado con cómo te sentabas en ellas porque, si no lo hacías debidamente, se cerraban contigo dentro: eran sillas-trampa. Ellos las ponían a la puerta de casa, por la noche, con la fresca, y allí se tumbaban a hablar con los vecinos o simplemente a no decirse nada.

¿Sigues pensando que esa silla de playa no tiene historia? Pues verás, esas sillas, que lo mismo sirven para la playa que para el campo, son un diseño anónimo. Y quizás así sea mejor, porque desde luego no estaba muy logrado: las de mis padres se plegaban sobre uno a poco que te sentases golpe, pero es que en general, la curva de las patas las hacía inestables. Para más inri, tampoco eran fáciles de reparar y a poco que soplara mucho viento, se las llevaba…

Este modelo de silla apareció en el mercado norteamericano en los cincuenta y su lanzamiento fue puro azar: el fabricante de aluminio Alcoa debía dar salida a su abundante producción de tubo acumulada durante la Segunda Guerra Mundial. Y así fue como ese material acabó en tu trastero. A pesar de su defectuosa ergonomía, fue el modelo oportuno en el momento oportuno: las familias de posguerra querían vivir el sueño americano que consistía en residir en las afueras de la ciudad. Por eso era la silla omnipresente en barbacoas, fiestas de amigos, playas… Su publicidad fue como su diseño, bastante mejorable: Alcoa, dirigiéndose a las mujeres, venía a decir que, por su peso, ya no necesitarían de un hombre para llevar las sillas al jardín.

Para ser sinceros, hay historia detrás de muchas sillas. Por ejemplo, a Freud le gustaba leer de forma un tanto particular: tumbado en diagonal, con las piernas colgando del brazo de la silla y la cabeza sin apoyo, con el libro en alto. Para que esta postura de contorsionista fuese más confortable, su hija Mathilde le regaló una silla diseñada en 1930 por el arquitecto Felix Augenfeld. El arquitecto la diseñó junto con su compañero Karl Hofmann. Es una pieza única que recuerda las esculturas de Henry Moore. Solo se fabricó una silla, dirigida al padre del psicoanálisis y que cuando Freud emigró en 1938 a Gran Bretaña, huyendo de los nazis, se la llevó consigo. Actualmente puede verse en el Freud Museum de Londres.

Decía Dalí que una silla puede servir incluso para sentarse, a condición de hacerlo mal. Es de todos sabidos que el artista dibujó mobiliario y un sinfín de objetos decorativos, desde griferías y tiradores hasta sillas. Su amigo el decorador Jean-Michel Frank le regaló un par de sillas del más puro estilo 1900, a las que de inmediato Dalí sometió a varias cirugías estéticas. Por ejemplo, cambió el cuero del asiento por chocolate, lo cual no es muy cómodo a la hora de sentarse sobre todo si vas de blanco). También, alargó una pata con un picaporte de oro estilo Luis XV, atornillado para hacerla tan inestable que solo con caminar a su lado o dar un portazo, la silla se caía. Una de sus patas debía estar siempre metida en un vaso de cerveza, que se vertía cada vez que la silla era derribada. A nadie de su entorno le gustaba esa silla, Dalí la llamaba la “silla atmosférica”. Decía que con ella había inventado “esos objetos que nadie sabe dónde poner, destinados a crear inquietudes que solo cesan cuando uno se desprende de ellos”.

Por eso quizás, conviene ir ligero de equipaje y de mobiliario por la vida…

(Estas y otras informaciones están recogidas en el volumen Sillipedia, 101 historias de sillas, publicado por La Fabrica).