“No desprecies las tradiciones que nos llegan de antaño; ocurre a menudo que las vas guardan en la memoria cosas que los sabios de otro tiempo necesitaban saber”, dijo una vez J. R. R. Tolkien, célebre autor de El señor de los anillos, una de las sagas más populares de la literatura fantástica. Lo cierto es que los humanos somos seres en los que la tradición juega un papel fundamental. En nuestra sociedad, donde los cambios se producen de forma vertiginosa y constante, las tradiciones siguen presentes: desde la cena de Nochebuena en familia hasta las miles de fiestas populares que se celebran en todo el mundo. Incluso, como antes nunca, existe una firme voluntad de recuperar y preservar antiguas costumbres que forman parte de la identidad colectiva de los pueblos.
Aunque este esfuerzo es necesario y loable, afortunadamente, algunas tradiciones, que no han resistido el paso del tiempo, han dejado de existir. Entre ellas, muchas de las que seguían los romanos de la antigüedad. Vale, hay que reconocer que su civilización nos ha legado muchas de gran importancia, desde el latín, del que descienden directamente gran parte de las lenguas que se hablan en todo el mundo hasta el muchos de los principios y conceptos que nutren los ordenamientos jurídicos de muchos países. Pero algunas otras, es mejor que hayan caído en el olvido, como las batallas de gladiadores o sobre la que vamos a hablar a continuación: lavarse los dientes con orina.
Un hábito ¿higiénico? en la Roma antigua
Como es lógico, en la antigua Roma, la higiene personal y pública no era tan avanzada como en la actualidad. Sin embargo, sí existían algunos hábitos y prácticas de higiene que se consideraban importantes para su bienestar y salud. Hay varios ejemplos de ello: la popularidad de los baños públicos, el uso del aceite de oliva para limpiar el cuerpo, el acceso a agua potable y la instalación de equipamientos de alcantarillado en muchas ciudades.
A los romanos les gustaba mantener la dentadura blanca. Ante la inexistencia de otras alternativas, se hizo común el enjuague con orina, tanto animal como humana. El motivo es que la orina contiene amoníaco, un compuesto de nitrógeno e hidrógeno, que es capaz de actuar como agente de limpieza. Hoy en día, el amoníaco es un ingrediente en los productos de limpieza más útiles para vidrio, porcelana, acero inoxidable y para quitar la suciedad adherida al horno, por ejemplo.
Para almacenarlo, existían tinajas públicas en las que los romanos podían hacer sus necesidades. Los ciudadanos esperaban hasta que la orina se esterilizada y se disolviera en amoníaco. Una vez hecho esto, existían diferentes recetas. Algunas, como la del médico, del siglo I, Escribonius Largus, que aconsejaba usarlo junto con vinagre, miel, sal y cristal molido. Otros, como el autor, filósofo y comandante Plinio el Viejo recomendó los siguientes ingredientes: "cenizas, cabeza de liebre y dientes de burro, mezclados con extractos de cerebro de ratón o liebre".
Y para lavar la ropa
Pero no solo en la limpieza dental se usaba la orina. Otra utilidad que los romanos encontraron en ella fue la limpieza de la ropa. La orina humana contiene ácido úrico, que tiene propiedades blanqueadoras y desinfectantes. No era una práctica que realizara toda la población, pero sí los sectores menos pudientes que no tenían acceso a jabones y otros productos de limpieza más costosos. Para darle ese uso, recolectaban la orina y la mezclaban con agua y ceniza para crear un detergente natural. Luego, remojaban la ropa sucia en esta solución durante varias horas antes de enjuagarla y secarla.
Estas son solo algunas de las muchas aplicaciones que se le han dado a la orina, humana y no humana, a lo largo de la historia. Pero hay muchas más. Por fortuna, la gran mayoría de ellas, han quedado atrás.
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