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La triste historia de cómo un jubilado estadounidense perdió su casa por una deuda de sólo 134 dólares

bennie coleman pasea frente a la que una vez fue su casa. foto: washington post
Autor: @RobertoArnaz

Bennie coleman ha sido siempre un luchador, lo lleva en la sangre. Hijo de un veterano de la segunda guerra mundial, sirvió en Vietnam como sargento en su amado cuerpo de marines. Vio morir a muchos amigos, pero consiguió sobrevivir a la malaria, las balas enemigas y la locura. Al regresar del infierno,  al volver a casa, pensó que viviría sin sobresaltos. Se equivocaba

En 1988 perdió a su mujer, martha, por un cáncer de pecho y su propia mente se convertiría en su pesadilla. Destrozado, solo y deprimido, decidió emplear los 57.500 dólares del seguro de vida de su esposa en comprar al contado una pequeña casa de ladrillo en washington dc en la que pasar el resto de sus días sin más compañía que el dolor y la melancolía. Ni siquiera eso ha sido posible

Aquejado de una importante demencia, a sus 76 años se encuentra viviendo en la calle desde hace dos años. Un caluroso día del verano de 2011 un grupo de policías armados se personó en su casa. Primero sacaron los muebles, luego comenzaron con sus objetos personales, entre ellos su medalla del cuerpo de marines y las fotos de su esposa

Antes del atardecer coleman se había quedado sin hogar. No tenía donde ir y la primera noche la durmió sentado en una de sus sillas frente al que hasta hacía solo unas horas había sido el porche de su casa. Desde entonces duerme en un albergue para personas sin recursos. Todo por una deuda de 134 dólares

‘Tops’, como sus vecinos le conocen, llevaba más de dos décadas viviendo allí. La casa era suya, sin hipoteca, la había pagado al contado. Sin embargo, en los últimos años sus problemas mentales comenzaron a jugarle una mala pasada. Pronto empezó a olvidarse de comprar comida, aunque siempre alguien se acordaba de llevarle algo que echarse a la boca

Luego dejó de pagar los recibos de la casa y así, en 2006, fue cómo se comenzó a gestar su desgracia. Aquel año simplemente se olvidó de abonar el impuesto de propiedad de su vivienda, algo así como el impuesto de bienes inmuebles (ibi) en eeuu. El ayuntamiento de la capital estadounidense le inscribió en el registro de morosos y, de regalo, incrementó su deuda en 183 dólares por los intereses y la multa

Cuando el hijo de coleman se enteró en 2009 de que existía la deuda, ya no fue suficiente con abonar los 317 dólares a las arcas municipales: la deuda había sido adquirida por una firma privada de recobros que le exigía el pago de 4.999 dólares por los gastos legales, entre los que se incluían los honorarios de un abogado a razón de 450 dólares la hora

Incapaces de pagar una cantidad casi 40 veces superior a la deuda inicial, coleman y su hijo vieron como la propiedad, valorada en cerca de 200.000 dólares, acababa siendo embargada por la compañía, que la vendió apenas dos meses después por 71.000 dólares

Sin escrúpulos 

Durante 10 meses, el diario ‘the washington post’ ha estado investigando lo que califican como “un oscuro programa del gobierno local para vender su cartera de impagos a compañías privadas para así recuperar al menos parte de la deuda”

Según el ‘post’, desde 2005 distintas empresas han pujado por paquetes de deudores que, de la noche a la mañAna, veían como sus pequeños impagos se convertían en deudas de miles de dólares. Las familias que no podían hacer frente a esa desproporcionada cantidad eran desahuciadas

En los últimos años hasta 150 compañías distintas ha pujado por hacerse con la deuda de 2.000 familias de la capital. Al final seis compañías pagaron cinco millones de dólares por la mayoría de estas deudas, asociadas a propiedades que en el mercado podrían superar los 600 millones de dólares

Un negocio redondo para todos menos para las 200 familias que ya han perdido su hogar por deudas que en dos tercios de los casos no llegaban a los 1.000 dólares. Además, hay otros 1.200 casos más pendientes de una resolución judicial que autorice o no la expulsión de sus casas

Hasta hace muy poco la mayoría soñaba con vivir allí muchos años, disfrutando de las tardes en el porche con una bebida fía y una buena conversación. Ahora, como coleman, viven en casas de familiares o en residencias de los servicios sociales a solo unos metros de una casa que ya no es suya. “Ya no tengo nada”, es lo único que el derrotado exmarine acierta a decir en los pocos momentos de lucidez que le concede su enfermedad

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