Algunos gatos son tratados hoy con un mimo y un cariño que podrían causar envidia a muchas personas. Envidia y también perplejidad y asombro, sobre todo si alguien del pasado, de repente, apareciera entre nosotros. Por todos es conocida esa superstición, por fortuna cada vez menos extendida, de que los gatos negros causan mala suerte. Pero no es esta creencia la única que ha pesado sobre nuestros amigos felinos a lo largo de la historia.
Fruto de la combinación de supersticiones paganas, creencias religiosas y prejuicios culturales, durante la Edad Media, los gatos fueron considerados auténticos animales demoníacos. Su comportamiento sexual expresivo, su gran necesidad de dormir y su carácter arisco, apuntaban directamente a algunos de los pecados capitales: la lujuria, la pereza y la soberbia. También se creía que los gatos eran compañeros de las brujas que participaban en sus rituales y que tenían la capacidad de poseer y controlar el cuerpo humano.
Estas creencias y prejuicios llevaron a una persecución generalizada de los gatos en Europa durante la Edad Media y el Renacimiento. Tal fue la preocupación causada por este animal que, incluso, un Papa llamó a la guerra para acabar con este representando demoníaco de cuatro patas por considerarlos una auténtica amenaza para la fe cristiana.
Un Papa poco amigo de los gatos
El Papa que llamó a esta esperpéntica guerra para acabar con el mal que representaban los michi no fue otro que Gregorio IX, que ostentó su cargo desde 1227 hasta 1241. Durante su papado, emitió una bula papal en 1233 que condenaba a los gatos como instrumentos del diablo y ordenaba su exterminación en toda Europa.
Esta declaración no fue una acción aislada del Papa Gregorio IX, sino que formaba parte de una campaña más amplia contra la brujería y la herejía en Europa en ese momento. De hecho, una práctica común en la Europa medieval, más frecuente que la condena a la hoguera, era encerrar a las mujeres acusadas de brujería con su gato en un saco y lanzarlos al agua para que muriesen ahogados.
Fruto de esta locura antigatuna, durante varios años, hubo un exterminio masivo de gatos por parte de muchos católicos que querían demostrar así su fidelidad a la Iglesia y evitar ser acusados de herejía y brujería. Tanto fue así que algunos historiadores creen que como consecuencia de esta persecución, se facilitó la propagación de una de las pandemias más mortales de la historia de la humanidad: la peste negra, que asoló toda Europa entre 1347 y 1351, en la que murieron más de 200 millones de personas, alrededor de un 40% de la población.
La explicación es que al caer drásticamente la población de gatos, las ratas perdieron a uno de sus principales depredadores. En consecuencia, las poblaciones de ratas, y las pulgas que vivían en ellas (que eran las auténticas transmisoras), comenzaron a crecer con una facilidad pasmosa haciendo que la bacteria Yersinia pestis, se propagara fácilmente. Es cierto que esta no es la única causa, pero también lo es que en un contexto de condiciones sanitarias precarias, viajes cada vez más frecuentes y una falta generalizada de conocimiento sobre la enfermedad y cómo prevenirla, pudo ser un factor fundamental.
En algunas culturas, un animal sagrado
Afortunadamente para estos adorables mamíferos, no todas las culturas los han considerado diabólicos. Al contrario, en todo el mundo hay muchas sociedades donde los gatos tienen un aura sagrada. Y como muestra, podemos encontrar muchos templos dedicados a ellos, sobre todo en países asiáticos.
Uno de los más famosos es el Templo de los Gatos en el santuario de Ain Al-Assad en la ciudad de Kattanah, en Líbano. Este lugar sagrado es visitado por . En Japón, existe un santuario shintoísta conocido como el Santuario Maneki Neko que está dedicado a ellos y es famoso por su estatua de un gato con la pata levantada, que simboliza la buena suerte y la protección, y en el que se inspiran los populares muñecos de gatos que mueven la patita.
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