El primer retrete moderno lo inventó un relojero escocés, Alexander Cumming, lo patentó en 1775 e incorporaba un sifón en el desagüe que permitía mantener una barrera de agua limpia que impedía que los malos olores retornasen hacia el sanitario. El ebanista Joseph Bramah presentó varias mejoras unos años después que mejoraron su funcionamiento. El escocés fue el primero en patentarlo pero hubo intentos anteriores, como los de sir John Harrington, ahijado de la reina Isabel I, que concibió ya un váter conectado a un depósito de agua que arrastraba los deshechos. Lo instaló en el palacio real pero el invento nunca se difundió porque la reina le negó la patente de fabricar más, y se desconocen los motivos de tal negativa.
Letrinas ya había en la antigua Roma, de hecho existían los baños compartidos y las necesidades se hacían en público, según cuenta América Valenzuela en su libro La vida secreta de tu alcachofa de ducha. Estos baños romanos eran asientos de piedra contiguos para que pudieses charlar cómodamente con tu compañero de al lado: los excrementos caían por un agujero a un canal que iba al alcantarillado. Y por cierto, otra curiosidad de los romanos: si alguna vez te has preguntado cómo demonios tenían sus togas tan blancas que sepas que el pis tenía algo que ver en el asunto. El pis contiene amoníaco, que sirve para blanquear y quitar manchas. Los romanos lo descubrieron y lo utilizaban para limpiar las togas de lana y otras telas: esta tarea se hacía en lavanderías y eran los esclavos quienes se ocupaban de ello. El pis se dejaba al aire libre durante varios días para que liberase el amoníaco: entonces lo mezclaban con minerales, colocaban la ropa en pequeños fregaderos y la limpiaban frotando con los pies. Al final se enjuagaba con agua y perfumes. El pis era tan preciado en la Antigua Roma que en las letrinas públicas había recipientes para recogerlo.
Pero sigamos con otras curiosidades relacionadas con aquello que el cuerpo no quiere, ¿sabías que el famosísimo palacio de Versailles tuvo una época en la que apestaba? En esos años no solo destacaba por su majestuosidad si no sobre todo, por su hedor: semejante tufo se lo debemos a Luis XIV, que fue el encargado de ampliar el palacete hasta las dimensiones que conocemos. 700 habitaciones, 2000 ventanas, 67 escaleras.. lógicamente también hacía falta sitios donde evacuar en tantos metros cuadrados y no era fácil mantener limpia toda esa infraestructura.
Valenzuela cuenta en su obra que el palacio llegó a tener 350 chaises percées (sillas con agujeros) repartidas por las distintas estancias. Estas sillas perforadas conducían los excrementos hasta un cajón. Para la realeza, estas sillas estaban en armarios. Otras se colocaron detrás de biombos en los pasillos pero muchas veces no se llegaba a tiempo con lo cual se convirtió en costumbre desahogarse en jardines, escaleras, detrás de una puerta o de una cortina. Y el pis se hacía en cualquier sitio. En 1715 el rey decretó que las heces debían recogerse al menos una vez a la semana y prohibió que pudieran arrojarse los deshechos desde la ventana, algo que era muy habitual en aquella época.
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