La Iglesia cuenta con una ingente cantidad de inmuebles por todo el mundo. Muchos de ellos ya están en desuso, por lo que se están reconvirtiendo en nuevas viviendas de diseño, dando lugar a unos hogares únicos llenos de personalidad, ya que suelen respetar los valores históricos originales con la creatividad moderna.
Este es el caso de la antigua rectoría de Santo Tomás, en Harlem, cuya rehabilitación es un claro ejemplo de cómo una estructura centenaria puede transformarse en un hogar contemporáneo sin renunciar a su memoria ni a su identidad.
Recuperar un espacio histórico
La rectoría se ubica en pleno corazón de Harlem. Se trata de un edificio construido en 1907 por el arquitecto Thomas Henry Poole con estilo neogótico, que había caído en desuso hasta que un reconocido pintor lo descubrió mientras trabajaba en una serie de obras para la iglesia contigua.
Tras ello, solicitó un proyecto de rehabilitación al estudio neoyorquino GRT Architects. El encargo fue claro: convertir una edificación religiosa abandonada en una residencia funcional sin borrar sus raíces históricas. Como señalan desde el estudio, “esta renovación es un hito en el diálogo permanente de GRT con las estructuras históricas de la ciudad de Nueva York, debido a las innovaciones materiales y espaciales aportadas a un proyecto de reutilización adaptativa”.
Dicho y hecho. El estudio realizó un ambicioso proyecto de rehabilitación con una mirada sensible al pasado y una gran dosis de innovación, devolviendo la vida a la estructura y adaptándola para convertirla en un hogar-estudio lleno de carácter, texturas y luz.
Esta innovación se entrevé en la ventanas de la misma fachada vertical, donde se unieron dos ventanales arqueados para formar una gran abertura vertical alargadas que tienen correspondencia con los interiores de doble altura. El resto de las ventanas fueron nuevamente acristaladas sin modificar su forma ojival.
Un interior con arte
En la planta inferior se encuentra el jardín y un apartamento para invitados, mientras que la residencia principal ocupa las tres plantas y media centrales. Todas ellas están conectadas por una escalera blanca de metal perforado iluminada por una claraboya.
La distribución está diseñada en torno a un salón de doble altura, cuyas paredes diferencian las primitivas plantas. La parte inferior está enlucida mientras que la superior está revestida de paneles de roble blanco con lengüetas que se prolongan por el techo. Este espacio principal “utiliza materiales sencillos con un efecto exquisito”, cuentan en el estudio.
El espacio está presidido por una gigantesca lámpara de araña de Michael Anastassiades de difusores en forma de globo, situada sobre un sofá modular de Mario Bellini Camaleonda de cuero empenachado y una ecléctica mezcla de muebles entre los que se encuentra una mesa de centro de Misha Kahn.
El comedor y la cocina siguen la misma línea de sofisticación sobria, con armarios de roble del suelo al techo que enmarcan una gran ventana sobre el fregadero, mientras que los suelos en damero blanco y negro y la chimenea con baldosas de hormigón texturizado aportan carácter gráfico sin estridencias. En la planta superior, se dejó al descubierto la estructura original del edificio, apostando por una estética más funcional.
En general, los interiores están salpicados de color y piezas singulares, desde los textiles estampados hasta las baldosas hexagonales del cuarto de baño, muchas de ellas creadas o adquiridas dentro del círculo artístico del propietario.
“Los acabados y accesorios se crearon más que se compraron, aprovechando la red artística de nuestro cliente para obtener herrajes de latón fundido para puertas, ladrillos irregulares, baldosas de hormigón tridimensionales y otros elementos. El mobiliario, las telas y las losas se obtuvieron por y de amigos del mundo de la moda, el arte y el diseño de interiores”, explica el estudio.
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