Altea es uno de esos pueblos de la Costa Blanca que descubres casi por casualidad y que, sin saber muy bien cómo, se te quedan grabados. Cuando llegas, destacan sus casitas blancas amontonadas en la ladera, tejados que reflejan la luz y, justo arriba, la cúpula azul de la Iglesia del Consuelo.
Y sí, más de uno lo compara con la auténtica Santorini, no porque quiera exagerar, sino porque recuerda mucho a esos lugares blancos y tranquilos junto al mar.
Pasear por el casco antiguo de Altea es descubrir el Mediterráneo
La primera vez que entras en el casco antiguo de Altea, piensas que será parecido a otros pueblos mediterráneos, pero en cuanto empiezas a caminar te das cuenta de que tiene algo distinto.
Las calles son estrechas, con curvas inesperadas, y el suelo empedrado hace que, quieras o no, vayas despacio fijándote en cada detalle. Mientras subes hacia la plaza de la Iglesia, el ambiente es cada vez más calmado. Hay terrazas pequeñas con vistas que no se ven desde abajo y varias tiendas artesanales.
Cuando llegas a la cima, la plaza se abre como un balcón gigante hacia el Mediterráneo, con miradores que ofrecen una panorámica digna de admirar. Las montañas al fondo, el Peñón de Ifach recortado en la distancia y un mar inmenso que cambia de tono según avanza la tarde.
Aquí, la vida fluye con naturalidad y es fácil entender por qué tantos pintores, escultores y artesanos lo eligen como lugar de inspiración.
Calas y playas que parecen sacadas de una postal
La costa de Altea es diversa y tranquila, muy diferente de las grandes playas abarrotadas que vemos en verano. Aquí, abundan las calas pequeñas, las playas de piedra pulida y el agua es tan transparente que deja ver el fondo a varios metros de profundidad.
Playas como La Olla, Cap Negret o la Cala del Mascarat son como un refugio para un baño relajado, una excursión en kayak o sentarte a escuchar el mar sin más ruido que el de las olas.
A pocos minutos en coche, se encuentra el Morro de Toix, que cuenta con un paisaje más salvaje con acantilados altos y rocas oscuras.
¿Por qué recuerda tanto a Santorini?
Quien pisa por primera vez este municipio de Alicante, suele experimentar la idea de haber aterrizado en un pequeño pedazo de Grecia sin haber salido de España. Es inevitable la comparación, y no solo por parte de los turistas, ya que su arquitectura con casas encaladas y la icónica cúpula azul generan ese paralelismo inevitable.
Además, el hecho de que el pueblo esté en una ladera y vaya bajando hacia el mar, crea esa sensación de “pueblo escalonado” tan típica del Egeo. Por eso, tantos viajeros, al recorrer el municipio, se sienten como si estuvieran en “el Santorini español”.
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