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Pontejos: la tienda con más de 100 años de vida y tan conocida como el Oso y el Madroño

La tienda, de unos 200 m2, se compone del espacio donde se atiende al público, los almacenes y una academia

Autores: @Lucía Martín (colaborador de idealista news), @Jone Ibabe

Pontejos o, si somos más formales, el Almacén de Pontejos, es tan famoso en Madrid como el Oso y el Madroño. Su fama es tal que por sus mostradores pasó, al menos de forma literaria, hasta Manolito Gafotas. El protagonista de la saga de Elvira Lindo tuvo que ir un día a esta mercería, la que tiene más solera de Madrid, a por un botón para su trenca. Porque, como todo el mundo sabe, lo que no está en Pontejos simplemente no existe: “Mi madre nos había mandado a Pontejos, que es una tienda que hay en la Puerta del Sol donde van todas las madres del mundo mundial a comprar botones, cremalleras y cuernos”.

Eso contaba Manolito y no faltaba a la verdad: a Pontejos van las madres pero también, los padres. Los oriundos. Los turistas y uno que pasaba por allí… A Pontejos va todo el mundo y de hecho, hay colas para entrar, ahora más, con la Covid, porque han tenido que instalar un sistema de acceso para que el local no se llene. Y aún así, mientras hacemos este reportaje, resulta imposible dejar de escuchar la algarabía al fondo de clientes en el mostrador: “Nosotros necesitamos que la tienda esté llena de gente, para sobrevivir necesitamos que al cliente le apetezca venir a comprar. Y gracias a ellos es por lo que la tienda continúa abierta tras estos 108 años”, dice María Rueda, 4ª generación al frente del negocio.

Un negocio que siempre estuvo localizado en el mismo sitio: al ladito de la céntrica Puerta del Sol de Madrid. “La tienda siempre estuvo aquí. Mi bisabuelo vino del País Vasco, como no era el hermano mayor no podía heredar la hacienda familiar y empezó a trabajar en otra mercería que había justo en frente de un tío suyo. Le gustó lo que hacía y decidió ponerse por su cuenta. Antiguamente además el gremio de las mercerías estaba dentro de esta zona donde estamos”, aclara Rueda.

La tienda, de unos 200 metros cuadrados, se compone del espacio donde se atiende al público, los almacenes y una academia, situada en la planta superior, donde se dan cursos de costura, patchwork, punto y ganchillo. Rueda no recuerda grandes reformas en el local: “La última reforma se hizo cuando yo nací, en el año 73. Se hicieron reformas estructurales, principalmente de las estructuras de las vigas. Los suelos que debían de ser de madera se convirtieron en lo que son ahora y los mostradores prácticamente deben de ser de aquella época o de un poquito antes. Pero estructuralmente, las columnas siguen siendo las mismas. Las lámparas que antes eran de gas se convirtieron a luz pero son las mismas”, aclara.

En Pontejos se respira solera y alegría: es un ir y venir de clientes en busca, como Manolito, de unos botones, unos abalorios para un vestido, una cremallera o un kit infantil para que los niños puedan hacer a Frozen en petit point. Porque no crean que se han dormido en los laureles, quizás el sustantivo mercería suene a tiempo pasado pero en este establecimiento van acorde a los tiempos actuales: Rueda nos presenta, de hecho, a su Community manager y nos cuenta que la tienda online abrió hace unos años. Porque a Pontejos siguen yendo las madres y las abuelas pero las nietas son carne de Instagram y ahí también tienen que estar: “Somos 25 en la tienda física. La tienda online ha subido mucho desde la pandemia. En diciembre abrimos en el 2.0 la nueva tienda online de Pontejos y ahora tengo más personal para poderlo desarrollar”. Hablamos, al fin y al cabo, de un mostrador virtual donde el cliente también necesita ser atendido y con la misma celeridad, o más, que en el mostrador real.

En este zoco de colores y texturas acumulan unas 60.000 referencias: “Compramos muchísimo producto en Europa y muy poco en China. Nos gusta mantener siempre la calidad”, afirma Rueda quien por cierto, también sabe de labores aunque seguramente sea más lenta finalizándolas que sus clientas: “Siempre me ha gustado. Como tenemos academia en la tienda, de lo que no sé pues me cojo unos mesecitos, unas clases. Últimamente me he hecho un jersey y he tardado dos años en hacérmelo”. Dice, riendo, que esto es un mensaje contraproducente para su clientela pero aclaremos que esta “lentitud” es sobre todo, por falta de tiempo porque una mercería con tanta solera requiere de mucha atención para seguir estando vivita y coleando.