Después de iniciar un primer tour, continuamos con el recorrido por Castilla y León para descubrir algunos de los edificios más singulares y carismáticos levantados en los últimos años y que han acabado convirtiéndose en elementos imprescindibles del paisaje de estas ciudades y pueblos de la mitad norte del país.
Centro de Artes Escénicas y de la Música (CAEM)
Próximo al río Tormes y contiguo al parque de los Jesuitas (Avenida de las Artes, 45-55, Salamanca), el Centro de Artes Escénicas y de la Música de Salamanca se erige al otro lado de la antigua prisión provincial, hoy rehabilitada como Centro de Artes, en una perfecta simbiosis cultural para agitar la vida de la ciudad.
El edificio en cuestión, obra del arquitecto Mariano Bayón, se perfila como un gran volumen que domina esa nueva escena urbana, propiciando un nuevo orden que busca reestructurar la imagen de este ámbito ciudadano de carácter emblemático, a modo de nuevo foro cultural urbano. En opinión de Bayón, “la arquitectura salmantina de siempre responde a estos nuevos incentivos, encontrando en su manera de ser, en la compacidad y fortaleza de su clara vocación de limpias geometrías, tan reseñable, una acepción no mimética de la historia; sino, por el contrario, hallando en su vitalidad la transmisión de unos nuevos contenidos característicos de nuestra época en los que el orden, la levedad y los nuevos materiales de la arquitectura de hoy vienen a sumarse a ese sentido esencial, austero y sistemático de la arquitectura salmantina de todos los tiempos”.
Este complejo fue construido con motivo de la designación de Salamanca como Ciudad Europea de la Cultura en 2002, y en ese sentido, el complejo asume los valores de la geometría tradicional salmantina, pura y compacta, aunque los relaja y suaviza gracias a sus grandes ventanales y un mirador que, en conjunto, revelan la voluntad del centro de abrir el espectáculo a la ciudad.
En este sentido, y según recoge el propio estudio de arquitectura, la idea del diseño es “la de un edificio espectáculo en la ciudad: a través de esas largas alineaciones de vidrio respira el uso del interior y, en su visión nocturna, dejará ver al exterior proyectadas sobre pantallas las sombras de los propios espectadores usuarios de los amplios espacios vestibulares. Un sugerente espectáculo de sombras chinescas en el que el actor es el espectador inadvertido. Levedad, transparencia, nueva figuración, materiales reconsiderados de su uso habitual, nuevo trasunto actual para una arquitectura de siempre. Sin admitir su trivialización”.
Por su parte interior es un encadenado de espacios, de mayor o menor volumen, entre vestíbulos y zonas servidas, con cuatro plantas, que alojan todas las necesidades administrativas y espaciales de un gran edificio para su dedicación a las artes escénicas en sus múltiples aspectos, con una sala principal con capacidad para 1.434 espectadores distribuidos en la platea y en un anfiteatro de disposición frontal.
Museo de la Ciencia de Valladolid
Contando con la conjunción de arquitectos que estuvo al frente del proyecto, estaba claro desde un principio que este no iba a dejar indiferente. Así, el singular complejo arquitectónico del Museo de la Ciencia nació para ser “percibido en movimiento”, ya fuese desde la Avenida de Salamanca, desde las márgenes del Pisuerga, puentes o cauce.
El edificio fue concebido por los arquitectos Enrique De Teresa, Rafael Moneo, Juan José Echeverría para generar un “efecto Guggenheim” en la ciudad (Av. de Salamanca, 59), y así se ha convertido en uno de los símbolos de modernidad arquitectónica de Valladolid. Es un museo de titularidad municipal levantado sobre los terrenos en los que se encontraba una antigua fábrica de harinas, un complejo industrial que fue respetado parcialmente para albergar la exposición permanente del museo.
Destaca en el perfil del conjunto la emblemática torre, conocida y reconocida por todo el público, y que acoge las oficinas de los distintos departamentos, centro neurálgico del museo. También destacan, por su valor histórico y arquitectónico, la fachada de ladrillo caravista rojo (antigua fachada de la fábrica de harinas) que da a la plaza sur del museo, así como la cubierta de diente de sierra color verde.
Junto a ella puede verse un cubo realizado en hormigón blanco, que aloja la cúpula del planetario, que con once metros de diámetro y un anfiteatro con quince grados de inclinación, supuso en su origen el primer planetario digital de España. En él se puede disfrutar de espectaculares programas audiovisuales sobre la atmósfera terrestre, el Sistema Solar, las estrellas y galaxias, algunos de ellos en directo, guiados por especialistas en astronomía. El museo cuenta también con un moderno auditorio en la plaza septentrional, conectado con el cuerpo central del edificio mediante una estructura elevada.
Museo Provincial del Vino
Peñafiel constituyó, junto con su castillo, un punto fundamental en la línea defensiva del Duero, tanto para cristianos como para musulmanes. Se construyó en el siglo X, aunque su aspecto actual es producto de las importantes intervenciones que tuvieron lugar durante los siglos XIV y XV. Esta fortaleza medieval, declarada Monumento Nacional en 1917, se ha convertido en todo un emblema para el enoturismo de la Ribera del Duero, al encontrarse ubicado en su patio sur el Museo Provincial del Vino (C/ del Palacio, s/n, Peñafiel (Valladolid)).
Este centro, que recibe una media de 100.000 visitas al año, se instaló allí en 1999, tras la necesaria intervención arquitectónica, que recayó en las manos de Roberto Valle. Más que una obra de restauración, dicha intervención puede considerarse una obra nueva, al tratarse de una construcción que se introduce dentro de uno de los patios del castillo, con total autonomía e independencia de la construcción preexistente.
La estructura, separada de los muros, está levantada en acero y madera. Este último material busca, según explica el autor del proyecto, hacer referencia al material efímero que formaba parte de las construcciones de los castillos y que con el tiempo ha desaparecido. También remite a su presencia en el mundo del vino, al que aporta aromas y sabores a través de las barricas utilizadas para la crianza y la reserva, así como en construcciones, aperos y otros elementos utilizados en la viticultura, vinificación, etc.
Los muros del patio del castillo pasan a formar parte del museo, “y constituyen en sí mismos la primera pieza a exponer, una pieza arqueológica, como una referencia permanente desde el interior al lugar donde se ubica el museo. La intervención en estos muros se ha limitado, de hecho, a una simple limpieza, respetando el aspecto que presentaban, con sus huellas producto del tiempo y los mechinales y restos de otras construcciones que existieron en el patio”, explica Roberto Valle.
El volumen del nuevo edificio no sobrepasa la altura de las almenas con el fin de que no se perciba desde el exterior y no afecte de este modo a la imagen actual del castillo. De igual modo, la transición al interior del museo se soluciona a través de una secuencia de espacios desde el patio exterior y a través de un espacio intermedio o porche, resuelto con una celosía de madera y una fachada de cristal en toda su superficie.
Por su parte, la cubierta del museo, plana y transitable, permite disponer de un lugar nuevo y de gran interés, por las vistas diferentes que desde esa zona se tienen del castillo y de los alrededores, con grandes panorámicas que hay que agradecer a su estratégica situación. Además, esta cubierta dota también al castillo y al museo de un nuevo espacio de estancia y exposición, donde se han llevado a cabo, entre otras actividades, conciertos al aire libre.
Consejo Consultivo de Castilla y León
Frente a la catedral de Zamora (Plaza de la Catedral, 5), en un terreno que en su día fue el huerto de un antiguo convento, se levantó la llamativa sede del Consejo Consultivo de la Comunidad de Castilla y León. Se trata de una original propuesta del arquitecto vallisoletano Alberto Campo Baeza, que surge de reflexionar sobre cómo debe construirse hoy en un centro histórico. No en vano, para su construcción hubo de realizarse antes una de las mayores excavaciones arqueológicas del norte de España en suelo urbano.
“Una fuerte caja de muros de piedra abierta al cielo”, así se refiere a los muros de este diseño el responsable del mismo, que eligió la misma piedra empleada para construir la catedral. Dentro de esa gran caja de piedra, encontramos, a su vez, una caja de vidrio que evoca la idea de un invernadero, tratando de conservar así la relación con el huerto que una vez ocupó aquel espacio. La piel exterior de esa fachada se hace con vidrios de una sola pieza de 6x3 metros, sin más unión entre ellos que silicona estructural, lo que provoca la sensación de que todo está sustentado en el aire.
A este respecto, se apunta en la memoria del proyecto: “En los ángulos superiores de esta caja, aparecen los triedros completos de vidrio que hacen más visible si cabe la buscada transparencia. Lo que Mies buscaba en su torre de la Friedrichstrasse. El triedro construido con aire, un verdadero Vidrio Angular”. Y concluye Campo Baeza con una poética reflexión: “La caja de piedra hecha con la memoria, con la Piedra Angular enraizada en la tierra. La caja de vidrio hecha con el futuro, con el Vidrio Angular fundido con el cielo”.
Este edificio, rodeado por ese muro de piedra cuyo lema es “Hortus Conclusus” , ha sido premiado con el Premio a la Sostenibilidad de Castilla y León por su respeto al medio ambiente y al ahorro energético, además de haber sido galardonado en la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo 2013.
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