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Del horno crematorio al ‘pitufopark’: los horrores que uno se encuentra en los parkings públicos

Autor: Carlos Salas (colaborador de idealista news)

Los aparcamientos públicos españoles han hecho un esfuerzo enorme para modernizarse. Pero aún así se encuentran sitios que parecen potros de tortura para los conductores y sus vehículos.

Viajar a una ciudad y buscar un aparcamiento es un acto civil que todos practicamos casi diariamente, especialmente en vacaciones. Sin embargo, hemos reunido los once horrores que uno sigue encontrando en los aparcamientos españoles.

El horno crematorio. Sucede en verano y en las ciudades más calurosas de España. Cuando la temperatura exterior es de 30 grados hay que añadir 10 grados más a ciertos aparcamientos sin ventilación que someten al cuerpo humano a una tortura china. Deberían tener máquinas desfribriladoras en prevención de ataques al corazón y desmayos.

El estercolero. Por favor, si sienten necesidades corporales, traten de contenerse porque entrar en los aseos de ciertos aparcamientos puede convertirse en una experiencia peor que visitar un establo. Sencillamente, asquerosos.

Pitufopark. Parece que los dueños de esos concesionarios no han comprendido aún que en España ya no se conducen Seat 600 sino que el tamaño medio de los coches ha aumentado. Las plazas son tan pequeñas que solo los pitufos y sus coches de juguete podrían caber. No se puede ni abrir la puerta.

Las vías estrechas. Bajar a las plantas inferiores o querer salir de ellas supone maniobrar el vehículo para no rozar las paredes. En muchos aparcamientos se puede ver la cantidad de defensas que han chocado o rozado con las paredes. ¿Quién paga eso?

El carcelero. Muchos de los vigilantes que están en las cabinas blindadas han salido directamente de alguna cárcel. Tienen un humor de perros y no son capaces de soltar ni la más leve sonrisa. Solo les faltan los doberman y las esposas.

Sin vigilantes. Como quieren ahorrar personal, hay aparcamientos que no cuentan con vigilantes las 24 horas o están ‘por ahí’. No hay forma de encontrar a alguien para consultar cualquier cosa, desde dónde están los servicios a cuál es la salida más conveniente.

Las máquinas estropeadas. Uno se dirige a una máquina a pagar y está estropeada. Luego se pone a buscar otra,  y está en la otra punta. Cuando la encuentra, está también estropeada. Y sin no hay vigilante a mano, peor aún.

Los pisos chirriantes. Es una contradicción encontrarse un piso tan pulido que las ruedas chirrían como si las estuvieran torturando. En caso de tratarse de un centro comercial en hora punta, aquello semeja un concierto de violines desafinados.

Los techos bajos. No se le ocurra llevar un todoterreno con maletero adicional en la parte superior porque chocará con el techo del aparcamiento y le echarán la culpa por no haber visto ese cartel avisando de la altura, cartel que nadie ve en la oscuridad.

El modelo IKEA. Uno entra con el coche y las señales le van indicando que baje varias plantas hasta el final. Es obligado. Y cuando llega a la planta más baja, se encuentra a un señor que le ofrece limpiarle el coche. ¿Es por ser prácticos o para sacar más pasta?

La estafa. En grandes ciudades como Madrid, hay sitios que cobran hasta seis euros por hora. Desgraciadamente, es algo que percibimos cuando ya es muy tarde. No hay más remedio que pagar y escapar cabreados. Se llama estafa.

A modo de disculpa

Afortunadamente, hay aparcamientos que son ejemplares. Con ambiente musical, motivos decorativos en las paredes, luces de aviso de plazas ocupadas y libres, máquinas modernas que expiden tickets con lectura de matrícula, vigilantes de Eurodisney y aseos que parecen de hotel de cinco estrellas. Igual que hay playas azules, habría que premiar a estos aparcamientos con puntos verdes y permitirles realizar desgravaciones fiscales para dar ejemplo a los demás.