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Un hotel con fantasmas en el centro de Madrid

Autor: carlos_portal

Artículo escrito por Carlos portal, Socio fundador de Bonsái Servicios Inmobiliarios

¿Fantasmas?

No, yo no creo en fantasmas como no creo en nada que no pueda ver

Por eso mismo sí que creo que en el edificio de la calle cañizares número seis de Madrid, en el palacete que linda con la parroquia del santo cristo olivar, pasan cosas extrañas. De eso estoy seguro, hace unos días lo pude confirmar

En el año 2001 trabajaba en una conocida empresa inmobiliaria. La familia Benedicto nos encomendó la venta de su vivienda familiar, un palacete en la calle cañizares en el que vivían desde los años cincuenta. Un inmueble especialmente singular en aquellos tiempos en que los precios subían cada día y apenas daba tiempo de saborear nada. Unas semanas después estaba vendido

Lo habían comprado mara colás y su familia con la idea de reformarlo y hacerse allí su vivienda. Apenas comenzaron las obras de rehabilitación empezaron a suceder cosas extrañas. Pasos en la primera planta cuando no había nadie, un ruido ensordecedor de algo que caía (aún cuando todo permanecía en su sitio), la reja de la puerta del despacho que aparecía siempre abierta (aunque siempre se cerraba) o el antiguo ascensor que se empeñaba en subir y bajar solo

Tanto mara como su hija sentían que allí dentro algo “chupaba su energía”, aquella casa las rechazaba. Decidieron desistir y pusieron de nuevo en venta el edificio

Por segunda vez teníamos el inmueble en cartera. Estábamos en 2002, y en unos meses el precio se incrementó notablemente sin por ello perder interés. Muchos potenciales compradores visitaron el inmueble. Dos de mis compañeros (personas sin necesidad de protagonismo), por separado, aseguraron que habían enseñado el ascensor en la planta baja y que al subir a la primera, volvía a estar allí

Mara vivía fuera de Madrid, cuando llovía me llamaba para encomendarme la ardua tarea de vigilar que no hubiese goteras. Solía ir solo. Abría el portalón de entrada y atravesaba la zona de recibo, dejando a un lado la escalera principal y el antiguo ascensor de caoba. Accedía así a un gran patio central de estilo andaluz que tenía una fuente en el medio. Un lucernario coronaba la cubierta del edificio, inundando el patio de luz natural. En la parte trasera del edificio había más estancias y una pequeña capilla, además de una estrecha escalera de servicio por la que subía. En la primera planta una pasarela daba la vuelta al patio central, con varias puertas de madera que daban acceso a dos salones. Uno enfrentado al otro, opuestos en todo. Suelo de pino melis y lámpara de araña colgando de techos de ancha moldura en un ala, y barra de bar forrada con cristales de colores, luces de discoteca ochentera y suelo enmoquetado en la otra

Después rodeaba la última planta abuhardillada hasta llegar a la  maquinaria del ascensor, por un lúgubre pasillo repleto de trastos centenarios. Toda estaba siempre en orden, así que media vuelta. Nunca vi ni sentí nada, pero atravesar aquel tétrico lugar escuchando exclusivamente mis pasos, con la cabeza invadida de historias, era todo un desafío incluso para un escéptico convencido

Con la alegría de “aquellos maravillosos años” volvimos a vender el inmueble. Esta vez lo compraba un empresario que pensaba abrir allí una tienda de muebles. Ahí perdí la pista hasta la actualidad. Nunca hubo tienda de muebles, aproximadamente un año después lo adquirían los actuales propietarios, un grupo empresarial que acometía por fin una profunda obra para instalar el actual hostel

Hace unos meses los actuales propietarios se pusieron en contacto con bonsái para desinvertir en su patrimonio inmobiliario y reinvertir en otros sectores en los que están presentes. Qué sorpresa saber que uno de los inmuebles era el para mí mítico palacete de la calle cañizares. Habían pasado casi diez años y tras la obra me costó reconocer gran parte de sus estancias. Afortunadamente la entrada, la escalera principal, el patio central, la pasarela de la primera planta y el lucernario se mantienen intactos. Tras la reforma resulta aun más espectacular. El ascensor de caoba ya no existe

Hace unos días charlaba con varias personas en el centro del patio. Viendo unos escudos de armas que cuelgan de la barandilla, alguien bromeó sobre la historia del edificio. Marta herrero, copropietaria del edificio, comentó con cierta guasa: “lo que dicen muchos clientes y algún empleado es que aquí vive un fantasma…” palidecí

Una cosa es ser escéptico y estar convencido de que los fantasmas no existen, y otra muy diferente es volverte a encontrar con la misma historia, años después y contada por personas que nada tienen que ver con las anteriores. Un escalofrío me corrió por el cuerpo. Cuando me quedé a solas con marta le conté mis experiencias pasadas y le interrogué sobre las actuales

De nuevo eran muchas y variadas. Clientes que aseguraban haber visto espectros y haber escuchado extraños ruidos, o recepcionistas de la noche que recibían llamadas internas en la centralita, se levantaban y comprobaban una y otra vez que junto al teléfono emisor no había nadie. Escuché sonriente a marta hasta que me habló de los obreros que rehabilitaron la finca. Ellos, decía marta, aseguraban que el antiguo ascensor subía y bajaba solo, cuando ni siquiera tenía corriente eléctrica

Sigo sin creer en fantasmas y sigo sin haber visto nada en ese edificio. Pero estoy convencido de que el palacete de la  calle cañizares tiene algo especial que hace sentir cosas. Varias personas en diferentes momentos, sin conocerse unas con otras, me han contado historias parecidas

En cualquier caso el hostel lleva abierto ocho años y está considerado uno de los mejores del mundo. Las grandes familias que lo habitaron durante casi dos siglos han dado paso a multitud de jóvenes que pasean por los pasillos de cañizares ajenos a todas estas leyendas. Si de verdad hay fantasmas, muy malos no deben de ser

Ver el anuncio de venta del hostel cat´s

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