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El español atrapado en la ley ‘antidesahucios’ de Venezuela

Autor: JOSE L. SALAS ABAD (colaborador de idealista news)

Valeriano Cavada señala con el dedo su edificio de Caracas y se pone muy triste. “Viven gratis  y no me pagan. No los puedo botar [echar a la calle]. Es la política de los comunistas cabrones”. La política de ‘los comunistas cabrones’ a que se refiere este gallego de 89 años es una ‘ley antidesahucio’ firmada por Hugo Chávez en 2011. No se puede echar a nadie de un piso aunque no pague. A nadie. 

“Solo tres inquilinos pagan 6.000 y 7.000 bolívares al mes (un salario mínimo) y el resto no paga nada”, señala Cavada. El edificio situado en Caracas lo mandó construir Cavada en 1971 con los ahorros de 15 años de su trabajo como odontólogo. “Hay 11 apartamentos de tres habitaciones -además del mío-, con pisos de 160 m2 en una buena zona de clase media”, dice este gallego de ojos claros, nacido en Pontevedra y que no ha perdido su acento.

Al principio no les hizo contrato; se fio de su palabra. “Los inquilinos eran muy cumplidos”, dice. Pero hace cuatro años vino la ley según la cual no se podía “interrumpir o cesar” la ocupación por “arrendatarios o arrendatarias” de un bien inmueble.

Cavada contrató una abogada. “Me sacó poco a poco 600.000 bolívares (95.000 euros al cambio oficial); y al decirle que ya no tenía más dinero y que no había visto ningún resultado, me respondió que ahora en Venezuela a los propietarios no los escucha nadie, mientras que los inquilinos tienen todos los derechos a pesar de que no paguen absolutamente nada o que incluso destrocen la propiedad”.

Cavada escogió entonces la vía del amedrentamiento. F.R., una inquilina que desea ocultar su identidad por motivos obvios, afirma a idealista que Cavada les cortó la luz y el agua. “Es una persona de muy malos sentimientos que nos trata como animales y ejerce una dictadura: nos quita el agua hasta por tres días y tenemos que acudir a la policía para que vengan a ponerla”.

Cavada reconoce que parte de esa versión es verdad. “En efecto, lo intenté [cortar el agua]. Fue un recurso desesperado, pero me rompieron la puerta, se pusieron muy agresivos y tuve que dejar de hacerlo. A pesar de ello, tengo que seguir pagando el agua que ellos consumen y ni eso pagan”, dice Cavada.

A Cavada, esta lucha le está quitando las pocas fuerzas que le quedan. “Desde hace dos años tengo cáncer de colon y debo utilizar 20 pañales al día. Casi no se encuentran pañales en las farmacias. Los buhoneros (vendedores callejeros) cobran precios exorbitantes ya que juegan con la necesidad humana”.

Aquellos maravillosos años

Nada que ver con los recuerdos que tiene Cavada de la Venezuela de los 40. Cavada llegó a Venezuela en 1948, el mismo día hubo en que hubo un golpe de Estado. El presidente Rómulo Gallegos fue derrocado por un grupo de militares liderados por Marcos Pérez Jiménez.

“Pérez Jiménez fue el principal promotor de la educación de este país y el mejor presidente que ha tenido esta nación en toda su historia. Antes, los caminos eran de tierra y durante su gobierno llegó a ser la sexta economía del mundo. Un obrero ganaba siete bolívares al día y con eso pagaba la pensión, comía y vivía bien. La comida estaba regalada, a cincuenta céntimos un kilo de carne, por ejemplo. Nueve años después al caer su gobierno, los políticos comenzaron a robar aunque no tanto como ahora”, se queja. 

Pero, ¿qué motivó a Cavada a salir de España? Se recuesta en la silla de su apartamento y comienza a recordar. “En la Guerra Civil pasamos mucha hambre. Tenía que caminar hasta el pueblo más cercano para obtener un cuarterón de aceite por familia. Luego preferimos sacarlo de la manteca de la leche. La guerra fue muy dura y todo quedó pisoteado. Yo sufrí pleuresía pero muchos jóvenes tenían tuberculosis”, recuerda. 

En busca de fortuna

Cavada hizo el servicio militar durante dos años en el Sahara “conduciendo un tanque ruso que habían abandonado los comunistas”. El odontólogo retirado trabajó como conductor de camiones y tractores en San Feliu de Guixols (Gerona) al regresar a la Península. “Mi sueldo era de treinta pesetas mensuales y tenía que pagar cincuenta en la pensión. Pronto no iba a tener para comer. Salí a buscar mejor fortuna en América”. 

Estuvo primero en Brasil haciendo encofrados para una fábrica de cerveza llamada Antártica Paulista, ubicada en Río de Janeiro. Luego llegó a Venezuela porque tenía un hermano que trabajaba en una hacienda de los Rockefeller ubicada en Santa Bárbara del Zulia. “Este país era medio salvaje”, asegura. 

Cuando se instaló a Caracas, comenzó a trabajar de camionero para una fábrica de ladrillos y desde las ventanas le silbaban y le gritaban en tono burlón: “Musiú, Musiú” (es una deformación de la palabra francesa Monsieur, y se refiere a un forastero). 

De noche estudiaba la carrera de odontología en la Universidad Central de Venezuela. Al mes de graduarme tenía más trabajo que los odontólogos de más experiencia. Pienso que fue por la atención que yo les daba y por mis ganas de trabajar. Con el producto de ese trabajo construí este edificio”.

Traicionado por su hija

La vida familiar de Cavada también ha sido muy singular. “Tuve la mala suerte de tener una hija con una mujer que vino desde España. Si bien  reconocí a mi hija y vivió conmigo, comenzó a robarme; al percatarme de ello y quitarle la chequera, me llevó a un manicomio”. Ese mismo día los inquilinos con los que ahora tiene problemas fueron a rescatarle. “Fue hace diez años”, justifica.

Uno de los inquilinos recuerda aquella situación. “Fueron dos personas a rescatarle, y ¿sabes cómo les pagó? Haciéndoles la vida imposible: a una chica con tres niños pequeños le quitó el agua, el gas y la luz porque él tiene bajo llave todo y cuando le da su gana nos quita los servicios”. 

Cavada dice que ahora quien les corta el agua es Hidrocapital, la empresa en cuya página web se dice que pretende construir “el modelo socialista bolivariano”. Según el casero, “Hidrocapital corta el agua a todo el mundo varias veces por semana”. Lo mismo pasa con la luz y otros servicios públicos.

Cavada afirma que tiene dos hijos en España con los que no mantiene contacto: “He hecho toda mi vida aquí y aquí es donde tengo mis propiedades”.

Sentado en una silla de mimbre, con la compañía de dos gatos y frente a un televisor viejo donde solo ve un canal gallego que pierde la señal, Valeriano Cavada hace un resumen de su vida. "Lo único que hice fue trabajar y trabajar, y lo que ganaba lo invertía en el país", asegura. 

Ahora solo le resta esperar que haya un cambio de gobierno con la esperanza que el próximo devuelva todas las cosas a la normalidad: "Este es un gobierno de ladrones y el mundo entero lo sabe”.