En esta magnífica región de Teruel existieron en su día numerosas fábricas de papel, hoy algunas convertidas en hoteles, que fabricaron el papel de los naipes de Fournier e incluso, el de los grabados de Goya.
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Hotel La Fábrica de Solfa
Hotel La Fábrica de Solfa Javier García Blanco

El paisaje nos recuerda a menudo el pasado que fuimos, que somos, y ese recuerdo es más fuerte aún en las zonas rurales, quizás porque en ese entorno hay menos contaminación visual, el entorno parece más inalterables y llaman más la atención las viejas paradas de tren que quedaron vacías o los restos de fábricas que un día acogieron vida.

Así sucede por ejemplo en el valle del Turón asturiano, con castilletes de minas por doquier, en una muestra de arquitectura industrial tristemente abandonada, de cuando Asturias fue la estufa de España. Otro ejemplo lo tenemos en la hermosa región de Matarraña en Teruel, con edificios inmensos, algunos en ruinas y otros reconvertidos en hoteles, instalaciones que hasta no hace mucho albergaron una floreciente industria papelera que hizo rica a la región y cuya riqueza se nota en los empedrados de las calles, en hermosas casonas y palacetes de muros robustos.

En las localidades de Beceite y de Valderrobes, a cada cual más hermosa, hubo una proliferación de fábricas de papel de altísima calidad a finales del siglo XVIII y mediados del XIX. Se levantaban caserones que aprovechaban el cauce del río Matarraña para fabricar papel que curiosamente no se confeccionaba con pasta que sale de los árboles sino… ¡con trapos!

Pueblos de Matarraña, Teruel
Javier García Blanco

Las fábricas solían tener una planta rectangular y numerosas ventanas en la parte superior donde estaban los miradores, lugares que servían para secar el papel. Habitualmente, los encargados solían tener integrada la vivienda en la misma fábrica.

El sistema de fabricación del papel fue siempre artesanal. Se seleccionaban los trapos de algodón y en el denominado espolsador, se limpiaban de polvo. Después se cortaban en la estisora, se trituraban en pequeños trozos y con esta fibra de ropa resultante y el agua se preparaba la pasta de papel. La hoja se hacía en el alabrén y se prensaba el exceso de agua, se secaba al aire en los miradores que hemos comentado, se encolaba, se prensaba de nuevo y se volvía a secar.

Finalmente, se satinaba, se repasaba, se contaba y finalmente, se empaquetaba. A principios del siglo XX, las fábricas de Beceite y Valderrobles se modernizaron incorporando algunos elementos semiartesanales que sirvieron para aumentar la producción. Así, se introdujeron la máquina satinadora, la pila holandesa… También, con el tiempo, las colas animales se sustituyeron por otro tipo de colas que venían ya preparadas.

El papel de los grabados de Goya

¿Qué tipo de papel se elaboraba? Hay que decir que el papel fabricado en Matarraña era de gran calidad, lo que le valió tener clientes muy importantes como Heraclio Fournier, el creador de los naipes. En concreto, las cartulinas para Fournier se hacían en Beceite. Estas cartulinas también sirvieron para las etiquetas del vermú Cinzano o de la cerveza El Águila. También se elaboraba papel de barba, de carta, de sobres, papel secante, papel para notarías, filtros para bebidas, cartulinas de todos los colores, papel de estraza…. Incluso se fabricó papel moneda para el Estado. La producción se exportaba por toda España y también, a países de Latinoamérica.  Hubo otro cliente ilustre que también se sirvió de este papel: es el que se puede ver en la primera edición de la serie de grabados La Tauromaquia de Goya.

Existieron un total de nueve fábricas de papel en Beceite y cuatro en Valderrobles, en las que trabajaban 300 personas: las fábricas utilizaban todas la misma agua a través de canalizaciones, acequias y túneles, para mover sus ruedas. La producción se mantuvo hasta la década de los 70 cuando empezó el declive: una de las fábricas intentó la reconversión pasando a fabricar cuero artificial pero las ventas no fueron las deseadas y también acabó cerrando. El cierre de las fábricas provocó que mucha gente emigrase a otras regiones, de tal forma que la población de la zona quedó reducida a un tercio respecto al inicio del siglo XX.

Pueblos de Matarraña, Teruel
Javier García Blanco

Y, ¿qué ha pasado con aquellos edificios efervescentes de actividad? Algunos, lamentablemente, se han acabado cayendo. Otros han sido recuperados y reconvertidos en hoteles, otro gran reclamo en una región aún desconocida. Es el caso de La Fábrica de Solfa en la localidad de Beceite: uno de sus propietarios, Javier Moragrega, comenta que la fábrica estaba prácticamente en ruinas cuando la adquirió junto a su hermano. “Cuando cerró la fábrica de papel pasó a ser una granja de pollos y luego quedó abandonado”, explica.

Este antiguo molino papelero ha pasado de ser un gran edificio industrial a un hermoso hotel situado a orillas del río Matarraña: cada una de sus ocho habitaciones se llama como las fábricas de papel que hubo antaño. Pont-Nou, Bata, Morato, Taraganya, Noguera, Martí, Cremada y Tosca. Un homenaje al pasado, una forma de no olvidar de dónde venimos.

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