La arquitectura en espacios naturales protegidos busca hacerse parte de él con materiales que envejecen a la vista, formas tomadas del entorno, y recorridos que convierten el propio edificio en un mirador del territorio. El edificio pasa a ser una pieza más del paisaje que enseña.
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A esa sensibilidad se suma el empuje de la construcción circular, que en los Países Bajos ha pasado del discurso a práctica corriente. El país se ha fijado el objetivo de una economía plenamente circular en 2050, y su sector de la edificación experimenta desde hace años con materiales recuperados, que llegan a la obra con una vida anterior a cuestas.
Con estas premisas se presenta el Centro del Patrimonio Mundial del Mar de Wadden, un edificio de madera pensado como experiencia de 360 grados sobre el paisaje costero, que el estudio danés Dorte Mandrup acaba de terminar en el puerto neerlandés de Lauwersoog.
Una espiral para mirar en todas direcciones
El mar de Wadden, compartido por Países Bajos, Alemania y Dinamarca en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, es el mayor sistema de llanuras mareales del planeta. Este centro es el segundo de los tres proyectos que el estudio desarrolla en la zona protegida, y funciona a la vez como espacio expositivo, centro de investigación y estación de campo para el cuidado de focas.
La decisión que define el edificio es la pasarela en espiral que lo envuelve por completo, con vistas continuas al puerto, al muelle y al horizonte de marismas. El estudio explica que “el proyecto evolucionó durante más de ocho años, pero la relación con el puerto y el paisaje se mantuvo como constante desde el arranque, y de ahí nació la idea de una experiencia de 360 grados”.
El volumen de dos plantas y estructura escalonada de madera se presenta tras un patio pavimentado, con aberturas acristaladas y columnas dispuestas a ritmo regular. Dentro, un amplio vestíbulo recibe al visitante con una gran escalinata que hace también de zona de descanso y conduce a las salas de exposición, entre ellas un ala dedicada a las focas, con vidrios que dejan atisbar el trabajo de los laboratorios.
Postes de amarre reciclados como fachada
El capítulo material es donde el edificio adelanta el futuro del sector. El diseño da prioridad a los materiales recuperados, con madera dura reciclada en las protecciones solares y 203 postes de amarre reutilizados para levantar la marquesina, piezas que ya sirvieron en el agua y regresan al puerto con otro cometido.
La fachada está pensada para el paso del tiempo, desgastándose hasta alcanzar una pátina gris plateada que la igualará con las estructuras portuarias vecinas, de modo que el edificio se integrará más en su entorno cuanto más viejo se haga, justo lo contrario de lo que suele ocurrir con la arquitectura nueva.
El estudio reconoce que “la elección de materiales fue madurando con las circunstancias, porque durante el desarrollo del proyecto los Países Bajos vivieron un cambio de mentalidad constructiva hacia la circularidad y la reutilización que acabó marcando las decisiones de todo el edificio”.
Esa confesión es quizá lo más valioso del caso, un proyecto de ocho años que absorbió el giro circular del sector en lugar de quedarse anclado en su planteamiento inicial. Los equipamientos públicos suelen llegar tarde a los cambios de paradigma, y éste los incorporó por el camino hasta convertirse en escaparate de ellos frente a uno de los paisajes más frágiles de Europa.
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