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Las triquiñuelas 'perversas' de los restaurantes para cargarte más cosas en la factura

Autor: Carlos Salas (colaborador de idealista news)

¿Le ha pasado que cuando pide la cuenta es más abultada de lo que pensaba? De repente, descubre que había un montón de detalles que no estaban previstos. Estas son las triquiñuelas más habituales de los restaurantes para engordar la factura.

  • El servicio del pan. Es uno de los misterios de la humanidad después de la tumba de Cristo. ¿Por qué algunos restaurantes cobran el pan y otros no? Todos estábamos acostumbrados al ‘pan, vino y postre incluidos en el menú’, pero descubrimos que no: el servicio del pan va aparte. Y van de 1,5 a 3 euros. Peor aún, usted lo rechaza al principio porque está a dieta, pero se lo meten en la nota final. La inercia, ya se sabe.
  • Los aperitivos. Una franquicia de restaurantes vascos que tiene mucho éxito tiene la extraña costumbre de pasar bandejas con aperitivos. El código no escrito de la restauración afirma que eso corre a cuenta de la casa. Pero no. En esa cadena vasca, usted va a comprobar que ese ‘pintxo’ vasco tan hermoso costaba 3 euros.
  • La carta astral. Hay cartas que parecen muy serviciales porque uno puede hacer combinaciones de primeros, segundos, y encima a tres niveles de precios, a lo que se añade un recuadro con una oferta especial que dice Plato1+Ensadada o Ensalada+Plato 2. Al final, usted se vuelve un lío y pide lo que le apetece. Pero la factura es más elevada de lo previsto porque era una combinación mortal.
  • Postre, no incluido. La tradición manda que o postre o café. Luego, en lugar de carta de postres, viene un señor y los canta: piña, crema de yogur, tarta de manzana… Usted pide su tarta querida, y al final se da cuenta de que no estaba incluida en el precio del menú. Haberlo visto antes, hombre, que estaba avisado.
  • Palitos italianos. Son los grisines. Te sientas y ya estaban allí puestos sobre un vaso. No resistes la tentación y te pones a comer palitos italianos, que están envueltos siempre en un celofán que no sabes cómo romper. Luego, cuando vas a pagar, a pesar de que no has pedido pan, te aparecen los grisines.
  • ¿Dónde está el menú? Lo primero que suelen presentarte muchos restaurantes es su carta. A pesar de que tienen menú, no te lo dan si no lo pides. Mucha gente pica y va a la carta porque preguntar “¿no tiene menú?” cuando has invitado al amor de tu vida , queda bastante mal. Pues ya verás cuando llegue la cuenta. Hasta vas a odiar al amor de tu vida.
  • Los cavas selectos. Un restaurante instalado en una tienda de vinos en una calle selecta de Madrid tenía la costumbre de ofrecer a los comensales unas copas de cava nada más sentarse. Todo un detalle. La camarera era una señorita realmente hermosa. Los comensales sonreían porque les parecía ‘un detalle de la casa’. Lo era. Pero no gratis. Cada copa salía por 16 euros.
  • La ensalada montaña. Una cosa es pedir una ensalada y otra es sentir que estás rumiando en medio del campo. Hay ensaladas que solo son lechuga con algo de zanahoria y unos tomatitos. Pero para hinchar el plato e impresionar en la presentación, te ponen en la mesa un platazo. Todo es lechuga.
  • El nombre chic. Ya se han hecho videos de humor con esos nombres tan extraños que les ponen a los platos. Esencia de fruto del campo sobre lecho de trigo prensado, lágrimas de oliva y escamas de sodio. En realidad es pan tumaca con aceite y sal. Pero está demostrado por los psicólogos que lo que suena  bien, sabe bien. Por cierto, está la otra versión en la que el camarero te canta el plato. Por eso te cobran más. La poesía a los fogones.
  • El riquísimo estofado. A veces, el camarero insiste en recomendar el riquísimo estofado. En realidad es del día anterior pero aún resiste. Eso pasa con muchos platos que en realidad resisten en nevera. Pero uno siempre piensa que le van a servir productos del día.

Afortunadamente, el nivel de los restaurantes españoles ha subido mucho en los últimos diez años. En parte ha sido por el auge de la nueva cocina española, la publicidad de las estrellas Michelín, los premios a los mejores restaurantes del mundo que han caído en España, y la popularidad de los programas de televisión que exponen concursos de chefs.

A modo de ilustración, el famoso menú que todos conocemos se inventó en los años sesenta, cuando comenzó el auge del turismo. El Ministerio de Turismo obligó a los restaurantes españoles a ofrecer un menú popular y asequible que, como informaba elespañol.com, consistiera en: “entremeses, sopa o crema de primero; un plato de pescado, carne o huevos con guarnición; un postre con fruta, un dulce o queso; pan y un cuarto litro de vino del país, cerveza, sangría u otra bebida”.