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De un lavadero mecánico a un mueble multiusos: los primeros inventos de mujeres españolas

Oficina Española de Patentes y Marcas
Oficina Española de Patentes y Marcas
Autor: Hoja de Router (colaborador de idealista news)

Si tuvieras que citar un invento doméstico patentado por un español, probablemente tan solo mencionarías la fregona. Los modelos patentados por Manuel Jalón entre 1957 y 1964 son los más famosos en este ámbito. Sin embargo, otros ya habían registrado  invenciones similares a la suya anteriormente.

De hecho, según señala la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM), varios documentos anteriores ya mostraban que un palo pegado con fibras que se escurre en un cubo podía suponer un importante avance para realizar las tareas de limpieza sin tener que agacharse. Por ejemplo, los neoyorquinos Henry Arthur Hayden y Hugo Friedrichs obtuvieron en España una patente en 1901 para “un aparato perfeccionado para fregar con él los suelos, las paredes u otros objetos”.

Otro antecedente de la fregona de Jalón fue creado precisamente por dos españolas. En 1953, Julia Montousse Fargues y Julia Rodríguez-Maribona patentaban un “dispositivo acoplable a toda clase de recipientes tales como baldes, cubos, calderos y similares, para facilitar el fregado, lavado y secado de pisos, suelos, pasillos, zócalos y locales en general”.

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Estas dos avilesinas ya dibujaron una combinación de palo y trapo anterior a la de Manuel Jalón. De hecho, en el plano del cubo se aprecia el característico agujero para escurrir el agua que tan útil nos resulta.

Sin embargo, este precursor de la fregona no ha llegado a ocupar un lugar propio en la historia. Al igual que esas dos Julias, otras desconocidas mujeres también patentaron innovaciones destinadas al hogar, el lugar al que socialmente estaban relegadas. Desgraciadamente, sus creaciones cayeron en el olvido. Repasamos algunas de ellas gracias a la exposición conmemorativa que se puede visitar en la web de la OEPM.

De tocador a lavabo: un mueble multiusos

Francisca Jaquinet inscribió en 1826 una patente en España por una “máquina de chimenea económica portátil”. Aunque fue la primera mujer en hacerlo en nuestro país, lo cierto es que Jaquinet era francesa y afirmaba que la estufa doméstica había sido ideada por su marido, ya fallecido. No fue hasta 1865 cuando la española Fermina Orduña registró la primera innovación desarrollada por una mujer española, que no estaba enmarcada en el ámbito del hogar, sino en el del transporte: era un curioso carruaje para vender leche de burra, vaca o cabra.

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Treinta años después, la canaria Candelaria Pérez inventaba una creación que sí estaba destinada al hogar, y que hoy en día podría venir muy bien a cualquiera que tenga que vivir en un piso de 30 metros cuadrados.

En 1889, esta viuda domiciliada en La Habana —recordemos que por entonces Cuba continuaba siendo colonia española— ideó un ingenioso mueble multiusos. Se trataba de una “cama combinable con un tocador, lavabo, mesilla de noche, escritorio, bidé, mesa de ajedrez o para comer”. Pérez describía el funcionamiento de su creación en unos planos, que mostraban lo que parecía ser un mueble de madera transformable con un diseño clásico.

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Un “lavadero mecánico”

Pese a que se suele considerar al inventor estadounidense Alva John Fisher como el padre de la lavadora eléctrica, otras mujeres del país norteamericano ya habían ideado precursores de esa máquina con anterioridad a la suya, que databa de 1901. La Organización Internacional de la Propiedad Intelectual señala que Elizabeth Merrell, una trabajadora del sector metalúrgico británica, había creado una máquina de lavar eléctrica ya en 1859.

Años después que ella, pero antes de que Fisher fabricara la suya, la valenciana Elia Garci-Lara inscribió “un lavadero mecánico para ropa de uso” en el registro español. El invento estaba formado por una máquina para lavar y otra para planchar.

Según el plano de la patente de 1890, habría que hacer girar una rueda para que el lavadero comenzara a realizar su función. Garci-Lara preveía que el sistema clasificara la ropa atendiendo a varios criterios, entre ellos el género o el grado de suciedad.

Después, pasaría al lavado con lejía, enjabonado, aclarado, escurrido mediante un “hidro-extractor centrífugo”, secado al aire libre o con estufa, y por último, planchado y plegado. Eso sí, la OEPM indica que la patente de invención de cinco años expiró sin que se hubiera llegado a poner en práctica.

El abanico-caja

El aire acondicionado es un invento moderno. No fue hasta principios del siglo XX cuando el ingeniero estadounidense Willis Carrier creó una máquina que controlaba la humedad del aire para mejorar los procesos de impresión de tinta sobre papel. Un avance que fue el origen de los aparatos de aire acondicionado de los hogares: el propio Carrier instaló el primero en una casa de Minneapolis en 1914.

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Eso sí, unos cuantos años antes, a una madrileña ya se le había ocurrido una forma de reinventar el precursor analógio del aire acondicionado: el abanico. En 1868, Isabel de Parrazar inscribió una solicitud para conseguir un privilegio (las patentes de aquella época) por un abanico-caja capaz de desplegarse gracias a un mecanismo.

(Fuente: OEPM/UAM)

Aunque Parrazar presentó un plano con su idea ante la Sección de Fomento del Gobierno Civil de Madrid, lo cierto es que no aportó una memoria descriptiva explicándolo, como exigía la legislación en aquel momento. Teniendo en cuenta su dibujo, solo se puede deducir que su creación era una suerte de cajita de madera que cualquiera podría llevar en el bolso sin que se supiera que, en realidad, encerraba un instrumento para intentar aliviar la sensación de calor moviendo el aire de un lado para otro.

Pese a que ahora tenemos fregona (y hasta robots aspiradores), lavadoras, sofás-cama que hasta podemos controlar por una ‘app’ o aire acondicionado en nuestro hogar, no se puede negar la creatividad de estas mujeres al idear novedosos inventos anteriores a ellos, aunque nunca llegáramos a utilizarlos.