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Mucho más que aire caliente: los edificios hinchables no son (solo) un juego de niños

Autor: Hoja de Router (colaborador de idealista news)

Si hablamos de estructuras hinchables, casi por inercia, nuestra mente rescatará imágenes de las típicas colchonetas que nunca faltan en las ferias y otras celebraciones donde los pequeños son los protagonistas. De hecho, podría sonar descabellado hablar de arquitectura para referirnos a este tipo de construcciones que se erigen gracias al aire caliente. No obstante, hubo un tiempo en que los arquitectos se atrevieron a experimentar con estos edificios de quita y pon, tratando de sacar partido a la versatilidad que ofrecen.

Los primeros en intentar aprovechar las estructuras hinchables fueron los militares de Estados Unidos. Como ocurriera con algunos otros avances tecnológicos de la historia, el ejército norteamericano realizó diferentes pruebas con plástico por lo sencillo que resultaba a la hora de trasladarlo y por la protección que ofrecía a las bases en las que se instalaban las antenas de los radares. Durante las décadas de 1940 y 1950, el ingeniero Walter Bird puso todo su empeño en que los inflables pudieran utilizarse no solo en el mundo militar, sino también en el civil.

No fue hasta que apareció en la portada de la revista 'Life' una piscina al aire libre cubierta por una cúpula hinchable cuando estas estructuras se popularizaron entre los arquitectos. Con Bird a la cabeza, fueron muchos los que se atrevieron a incorporar el plástico a sus creaciones. Gracias a ello, se realizaron obras como el techo del estadio Hubert H. Humphrey Metrodome, en la ciudad estadounidense de Minneapolis.

Piscina al aire libre cubierta por una cúpula hinchable

A medio camino entre lo funcional y lo artístico, comenzaron a surgir corrientes en distintas partes del mundo que trataban de investigar las posibilidades que ofrecía la arquitectura inflable. En mitad del movimiento contracultural que impregnó la sociedad en los años 60 y 70 del siglo pasado, multitud de jóvenes arquitectos vieron esta nueva forma de construcción como una manera de criticar las férreas líneas trazadas por el modernismo.

Uno de los colectivos más influyentes de aquel periodo fue Ant Farm, que surgió en San Francisco en 1968 gracias al trabajo de los arquitectos Chip Lord y Doug Michels. El propósito de este grupo era desafiar los símbolos de la sociedad estadounidense de la posguerra y cargar contra los medios de comunicación, utilizando la ironía como su principal arma. Para ello, apostaron por la arquitectura hinchable. Fueron ellos los responsables del Inflatocookbook, una completa guía para el diseño y la fabricación de esta estructuras de plástico levantadas gracias al aire caliente.

A medida que pasaba el tiempo y distintos colectivos de arquitectura como los italianos Superstudio y Archizoom, el británico Archigram o el austriaco Coop Himmelblau seguían experimentando, la arquitectura hinchable dejaba de ser una cosa de niños. Las posibilidades con este tipo de estructuras no paraban de aumentar. En 1960, la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos encargó el diseño de un edificio de plástico, con una doble pared, que sirviera para una exposición itinerante por América Latina. Podría ser transportado en un vagón de tren y en tan solo cuatro días de trabajo, una docena de trabajadores podrían levantarlo.

La facilidad con que estas estructuras podían ser trasladadas de un lugar a otro provocó que fueran muchos los que apostasen por ellas para los eventos que tenían lugar al aire libre. En la Expo de Osaka en 1970, por ejemplo, la arquitectura hinchable tuvo una enorme repercusión, dando a la ciudad un aire futurista. Además, al margen de la parte estética, otros proyectos ponían sobre la mesa las ventajas de esta arquitectura como vivienda del futuro.

Los profesores Les Walker y Robert Mangurian decidieron que sus alumnos de arquitectura del City College de Nueva York pudieran dejar a un lado la escuadra y el cartabón para levantar su propia ciudad gracias al aire caliente. El proyecto conocido como Whiz Bang Quick City consistió en la edificación de una ciudad en miniatura solamente con cartón y estructuras hinchables de polietileno.

Sin embargo, la crisis del petróleo de la década de 1970 trajo consigo un incremento del precio del plástico, lo que mandó al traste todos los proyectos que había en marcha con la arquitectura hinchable. Los detractores aprovecharon para cargar contra los modelos de viviendas producidos en masa, argumentando que eran totalmente impersonales, y lograron que muchos regresaran a los materiales de construcción más tradicionales.

Pese a ello, todavía es usual encontrar este tipo de estructuras en multitud de eventos. Más allá de bodas, bautizos y comuniones, incluso la NASA plantea estudiar la superficie de Venus utilizando esta técnica. Porque, queramos o no, la arquitectura hinchable nunca fue (solo) una cosa de niños.