Casi un tercio de los hogares españoles son ya inteligentes o ‘smart homes’, según un reciente estudio que también señala, no obstante, que la tasa de penetración aún es baja y que en España se encuentra por debajo de la media europea. El principal obstáculo del hogar conectado en nuestro país es el desconocimiento: menos de la mitad de la población sabe lo que es, frente al 71 % que sí afirma estar al día en todo el Viejo Continente. Informes de otras consultoras han llegado a conclusiones similares.
La tendencia, no obstante, es ascendente. Las nuevas generaciones son las que mejor conocen la tecnología y, en concreto, las mujeres de entre 18 y 24 años son las que se muestran más dispuestas a rascarse el bolsillo. Más de la mitad dicen estar interesadas y casi un 28 % compraría dispositivos IoT (internet de las cosas) para sus viviendas a un precio de entre 150 y 250 euros.
Por tanto, a medida que las soluciones se abaraten y el conocimiento aumente, es evidente que los hogares conectados se irán abriendo paso. Y con ellos llegarán enormes beneficios (eficiencia energética, ahorro a medio y largo plazo, comodidad…), pero también algunos riesgos que conviene ir teniendo muy presentes. El principal, el que afecta a la privacidad.
Un estudio de la Universidad de Princeton ha demostrado que las operadoras de telecomunicaciones, o cualquiera que pueda revisar el tráfico de datos de una ‘smart home’, lo tienen tremendamente fácil para averiguar lo que sucede tras las paredes de esa casa.
“Hemos demostrado que un proveedor de internet u otro observador de la red puede inferir actividades sensibles desde el punto de la privacidad que se están realizando dentro de una ‘smart home’ mediante el análisis del tráfico de internet de dispositivos comerciales de IoT incluso cuando estos emplean cifrado”, explican los investigadores.
El peligro ya no está solo en los productos deficientes desde el punto de vista de la seguridad —que son muchos, como multitud de expertos han ido descubriendo—, sino también en aquellos que se comunican a través de internet de forma segura. Muchas veces no hace falta saber qué dicen los dispositivos; basta con saber cuándo y cómo lo dicen.
La forma de espiar una vivienda conectada a la Red con este método es preocupantemente sencilla. Buena parte de los aparatos IoT revelan su identidad ‘motu proprio’ al conectarse a dominios o direcciones específicas (por ejemplo, una nevera que habla con los servidores de su fabricante), pero incluso los que no lo hacen son fáciles de identificar: el patrón que sigue al transmitir datos una ‘smart TV’ no es el mismo que el de un termostato o una bombilla inteligente.
Una vez que se distingue quién es quién en el tráfico de red, los espías (ya sean los investigadores, una operadora o un ciberatacante) solo tienen que buscar subidas y bajadas en el gráfico. Cuando uno de esos cambios se produce, es fácil deducir por qué ha sucedido. Por ejemplo, observando la actividad de un monitor del sueño, se sabe con facilidad a qué hora se acuesta una persona, a qué hora se levanta, qué tal ha dormido o si se ha despertado en medio de la noche.
Otros riesgos son más evidentes. Por ejemplo, el tráfico de datos de una cámara de seguridad conectada puede decirle a un ladrón si se ha detectado movimiento (y, por lo tanto, le ha pillado) o si su dueño está vigilando a distancia lo que ocurre en su vivienda.
Estos son solo un par de casos. A medida que se popularice la internet de las cosas, prácticamente todos los objetos de nuestros hogares se conectarán a la Red, desde el televisor hasta la puerta pasando por el horno y el lavavajillas. Todo un ejército de espías registrando lo que hacemos en la (supuesta) intimidad de nuestras casas.
De hecho, hay otras formas de saber lo que sucede tras los muros de un inmueble gracias a los dispositivos conectados. Mira a tu alrededor y piensa cuántos tienen altavoces y un micrófono. Un montón, ¿verdad? Pues todos ellos son espías en potencia, pues un estudio de la Universidad de Washington ha revelado que es posible convertir un móvil, un televisor o cualquier aparato similar en una poderosa herramienta de vigilancia.
Mediante un programa, los investigadores lograron convertir el dispositivo en una especie de sonar como el que utilizan los submarinos para orientarse. Estos sistemas funcionan a base de emitir sonidos y esperar a que reboten contra algo, para averiguar a qué distancia, contra qué y desde dónde lo han hecho. Camuflando esas señales en el ritmo de una canción, un atacante podría recoger valiosos datos sobre dónde se encuentra y qué está haciendo su objetivo.
Dos maneras muy distintas de servirse de la cada vez más extendida ‘smart home’ y los dispositivos IoT para adquirir información privada de sus propietarios. Si eres o piensas ser uno de ellos, ándate con ojo. No se trata de tenerle miedo a la tecnología, pero sí de ser consciente de los riesgos que conlleva. Una cosa puedes tener clara: nada es cien por cien seguro. Ni tu casa.
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