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15 de agosto: España en fiestas. Suele ser habitual, o al menos solía hasta que el coronavirus vino a visitarnos, que nuestros pueblos de norte, sur o centro, se entregaran a las fiestas llegando el 15 de agosto. El caso es que muchos de nosotros, entre los que me incluyo, se daban a los festejos sin saber muy bien qué se celebraba porque en este país somos más de actos que de reflexiones y más, si son actos festivos. Como aclaración, este día se celebra el día de la Asunción de la Virgen, acto que el Papa Pío XII definió como dogma de fe en 1950 aunque la fiesta se lleva celebrando desde el siglo VII. Dogma de fe es que se cumple sin cuestionar y así lo hemos venido haciendo hasta que la maldita pandemia lo puso todo en jaque.

España se engalanaba en fiestas, como ya hemos dicho, por estas fechas: los pueblos se adornaban con banderas de colores (les confieso que es la única utilidad de las banderas que me gusta) y nos entregábamos a la música de las verbenas y a la cerveza fresquita o al vino caliente, según la hora. En el pueblo de mis padres, en Las Hurdes, hubo un tiempo en que se celebraban fiestas porque había habitantes y visitantes suficientes como para ponerse a ello: las había en verano y en invierno, en noviembre para ser más concisos, que había que moverse, bailar y beber mucho porque hacía un frío que pelaba. Aún recuerdo una de ellas en la que esta que escribe, que contaba 16 años, colaboró en la barra del bar improvisada en la era (para los neófitos, el sitio donde antaño se trabajaba el trigo): todos echábamos una mano y a los jóvenes nos tocaba servir las copas con música de fondo de la orquesta de turno, que lo mismo te tocaba Paquito el Chocolatero, un gran clásico, como los éxitos de Julio Iglesias que son como él, no envejecen.

Allí estaba yo poniendo copas cuando un mozo de otro pueblo se me acercó a pedirme un DYC cola a la vez que me decía “Morena, ¿nunca te han hecho el amor debajo de un olivo?”. La pregunta no era baladí porque en Extremadura olivos hay muchos pero mi mente entonces no andaba en esas reflexiones porque justo al lado del mozalbete estaba mi padre, que también se había acercado a la barra a tomarse algo. El alcohol quiso, bendito sea, que mi padre, que ya llevaba unos cuantos tragos, no se enterara del comentario del tipo y no llegó la sangre al río que de otro modo, les aseguro, habría llegado.

Pero volvamos a las fiestas populares porque quiero hablarles de una que también se celebra en Extremadura y que tiene que ver con el ligoteo pero no con ese ligar consumista de Tinder sino con otro de otra época, en la que los enamoramientos  se desarrollaban con más seducción y florituras. Me refiero a La Enramá, una curiosa tradición con más de 140 años de historia y que servía para emparejar a chicos y chicas.

Este rito tiene lugar en Pinofranqueado (si no lo conocen vayan, tiene una piscina natural maravillosa y un restaurante a los pies de la piscina donde hacen la mejor tarta de queso de la región, entre otras delicias). La Enramá es una tradición con la que se emparejaban a los jóvenes: en sus inicios solo se hacía con los del pueblo, poniendo especial cuidado en no emparejar a familiares, pero con los años fueron aceptándose vecinos de las localidades de alrededor. El 18 de agosto tiene lugar la primera parte de este singular festejo: ese día se realiza el sorteo en el que se tienen preparados los nombres de los solteros y solteras de la localidad. Desde el torreón, los denominados cantaoles (uno para los chicos y otra para las mujeres) sacan los nombres a la vez que gritan: “¿Con quién digo, con quién diré? La burra cana con el tío José”. Acto seguido, van diciendo los nombres que luego se publican en una lista.

A este acto solo pueden acudir los hombres, las mujeres no pueden estar presentes. Una vez conocida la pareja que te toca (no, no se puede cambiar, son lentejas…), las mujeres deben confeccionar un ramillete de flores silvestres que pondrán en la solapa de su pareja cuando la vayan a buscar. Este ramillete es el que da nombre a la fiesta, La Enramá.

En los últimos años que se ha celebrado, la fiesta tenía incluso una modalidad para niños.

Unos días después, el 20 de agosto, tiene lugar la segunda parte de la celebración: ese día, los chicos pasan a buscar a sus “parejas”, que les habrán confeccionado ya el ramillete de flores. Los hombres no van solos: les acompaña una comitiva en la que va un tamborilero y todo aquel curioso que quiera unirse. Se van recogiendo las distintas parejas que acabarán en la plaza, al lado del Ayuntamiento. En ese momento, con todas las parejas allí, se inicia la Jota del Arco: se forma un arco con los brazos de las parejas, y todas deben pasar por debajo de él, una tras otra, hasta completar una vuelta a la iglesia. Después llegará la verbena (ya lo decíamos al inicio de este artículo, no hay fiesta si no es con música) y posteriormente, la cena, el segundo elemento fundamental en todo festejo que se precie.

Y solo en ese momento, tras un día intenso, los emparejados deciden si quieren seguir con el noviazgo o si aquello será únicamente flor de un día, como las del ramillete que visten en la solapa.

 

 

 

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