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Autores: Lucía Martín (colaborador de idealista news), @luis manzano

Imagine colocar, a mano, entre 120 y 140 toneladas de piedra (en concreto, piedra caliza, carbonato cálcico) para construir una bóveda. Pero no ponerlas como nos viene en gana, sino siguiendo un patrón, como si de un mosaico se tratase: “Cada piedra tiene su sitio: primero se ponen las armaderas, que irán a su vez calzadas con las denominadas matacanes y luego las piedras más pequeñas o ripios, que van pegadas a las paredes. Todo eso se cubre con arcilla caliza, de la que previamente no nos ha dado una calidad para incluir en la bóveda. Una vez construido el vaso, se pasa a construir la parte superior, la parte que asoma por encima de la edificación”, explica Isidoro Gordillo, de Gordillos Cal de Morón.

Estamos en un pueblo a una hora de Sevilla, en Morón de la Frontera. Luce un sol sin tregua (vamos a decir, siendo generosos, unos 35 grados a la sombra) pero en esta calera, con montañas de cal virginal (si quiere broncearse, no es necesario ir a esquiar) la temperatura es “algo” más alta: aquí elaboran cal de forma artesanal, como se ha venido haciendo siempre. Los Gordillo son la única familia que se dedica a esto, antes hubo más pero las caleras industriales (nos encontramos varias por el camino) se han comido este negocio: “Nosotros tardamos un mes en conseguir 100 toneladas de cal. Ellos tienen esa cantidad en tan solo 7 horas, evidentemente, el resultado no es el mismo”, dice Isidoro, heredero de una tradición que arrancó de sus antepasados, que comenzaron con el oficio en 1846.

De las canteras que están al lado, en la falda de la montaña, traen las piedras calizas que, como hemos explicado, se colocan para formar una bóveda. En el corazón de esa bóveda estará el fuego que acabará convirtiendo esa piedra en cal (en cal viva, que luego puede venderse como tal, en polvo, en pasta…). Para ello, emplean madera de olivo: “Porque su combustión genera una llama más alta y porque esta madera aporta una grasa a la cal muy interesante, que la hace después ser más flexible a la hora de aplicarla”, explica.

Los hornos (tienen seis) estarán encendidos de 8 a 10 días y de cada horno saldrán unas 90 toneladas de cal, para la que se habrán empleado unas 120 toneladas de leña. El fuego tiene que estar permanentemente vivo y uno de los momentos más duros de este sacrificado oficio es cuando hay que alimentar el horno: allí se alcanzan los 1.000/1.200 grados, así que imagínese el calor al abrir la compuerta y tener que echar, a mano, la madera de olivo. Es como si estuvieras enfrente de la puerta del infierno…

Otro de los momentos críticos es cuando se suben a la parte superior del horno a “abrir los hombros”: “El fuego hay que ir distribuyéndolo, para que se queme todo por igual, y además, el horno se va rompiendo con la actividad del fuego. Por eso se abren los hombros, que se suele hacer en los últimos días de cocción. Sí, el calor es enorme, de ahí el dicho popular de estás más caliente que las alpargatas de un calero”, bromea Gordillo.

Se sabe que la piedra está cocida por el color del fuego, que pasa de rojo a anaranjado y finalmente, emite una luz más blanca.

En el 2000 estuvieron a punto de encender su último horno: “No podíamos competir con las caleras industriales entonces se me ocurrió dedicarme a otro nicho, la restauración del patrimonio. Y también en ese momento decidimos envejecer la cal y nos dijeron que estábamos locos”. La cal es como el vino (aunque cueste infinitamente más sudor elaborarla): cuanto más vieja, más cuesta en el mercado.

Su empresa produce unas 300 toneladas de cal viva, que, transformada en productos es más de un millón y medio de productos terminados. Venden el 85% de su producción en España aunque también van al extranjero, de hecho acaban de terminar un proyecto en Qatar. “Y también se está volviendo a utilizar mortero de cal, en vez de mortero de cemento, en obra nueva. Por conciencia medioambiental, sobre todo: la cal absorbe CO2 y además, en su fabricación, se emite mucho menos CO2 que en la producción del cemento”. También, comercializan pinturas de cal, que defienden son mucho más saludables que las sintéticas y de mayor durabilidad porque penetran en las superficies.

¿Dónde se han usado sus cales? “En los leones de La Alhambra, en la catedral de Málaga, en el teatro romano de Mérida, la catedral de Sevilla, en el pórtico de Santiago de Compostela, etc.”, aclara orgulloso.

En 2011, la cal de Morón fue declarada por la Unesco, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en su apartado de Buenas Prácticas como “Revitalización del saber tradicional de la cal artesanal”. Damos fe que el reconocimiento es justo porque, como oficio que finaliza nuestra serie de oficios artesanos en vías de extinción, es el más duro que hemos visto.

Artículo escrito por Lucía Martín, periodista y colaboradora de idealista/news