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Los datos económicos que obligarán al mundo a impulsar las ciudades inteligentes

El rápido crecimiento de la población, la mayor esperanza de vida, los atascos monumentales, la lucha contra el cambio climático, unos recursos naturales cada vez más limitados… El futuro se presenta con unos problemas urbanísticos que empiezan a demandar una respuesta rápida y global.

Según los expertos, la alternativa pasa por reconvertir las ciudades y conseguir que sean capaces de interconectar los millones de datos que genera la sociedad digital con el fin de hacerle la vida más fácil. Es decir, por impulsar las llamadas ‘smart cities’. Y parece que las cifras oficiales y las previsiones les dan la razón.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) cree que a mediados de siglo habrá 9.000 millones de personas en el mundo, un 28% más de las que había en 2011 (7.000 millones), y la mayoría de ellas querrá vivir en una ciudad.

Se calcula que unas 200.000 personas migran cada día a alguna urbe del planeta y que la masificación irá a más en los próximos años.  Desde el año 2009 más del 50% de la población mundial vive en ciudades y hacia 2050 el porcentaje podría crecer hasta el 70%, lo que se traduce en unos 6.300 millones de personas... esto es, en unas 137 ‘Españas’.

Esta llegada de nuevos ciudadanos traerá consigo un aumento inevitable del tamaño de las urbes, lo que aflorará nuevas 'megacities', que son aquellas que cuentan con más de 10 millones de habitantes. Si en 2015 existen 28 repartidas por todo el mundo, en 2025 podría haber 37 y en 2030 más de cuatro decenas. Un crecimiento que aflorará problemas de espacio en las metrópolis y complicará aún más la movilidad de las personas.

Hoy en día ya suponen una pérdida de productividad multimillonaria. Se estima que la Unión Europea 'se gasta' unos 100.000 millones de euros anuales en productividad como consecuencia de los atascos (de los que 5.500 millones se pierden en España), por no hablar de que generan el 21% de las emisiones del planeta.

“Imaginemos la problemática que nos plantearán urbes con 20, 30 o 40 millones de habitantes como las que habrá dentro de unos años. No tenemos más remedio que reinventarlas para combatir el reto urbanístico”, asegura Rosa García, presidenta de Siemens España.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, hay que añadir otro factor más a la ecuación: el progresivo envejecimiento de la población. Los ciudadanos cada vez serán más mayores, por lo que será necesario adaptar las ciudades para facilitar su movilidad.

En el caso de España, el problema se presenta especialmente grave: en 2050 seremos el país de la Unión Europea con mayor peso de mayores de 65 años sobre la población total (supondrán un 35%) y el segundo del mundo, solo por detrás de Japón.

“Los desafíos que plantea la expansión urbanizadora para la calidad de vida y la sostenibilidad medioambiental son incuestionables. El aumento demográfico en las ciudades y el cambio en sus patrones de producción y consumo comienzan a chocar con los límites de unos recursos naturales finitos. Las ciudades inteligentes buscarán promover una calidad de vida elevada, un desarrollo económico-ambiental duradero y sostenible, una gobernanza participativa, una gestión prudente de los recursos naturales y un buen aprovechamiento del tiempo de los ciudadanos, argumenta García.

El cambio empieza en los edificios

Parece evidente que el mundo necesita replantearse la forma en la que funcionan y crecen las ciudades, pero, ¿por dónde empezar? Para la presidenta de Siemens, la clave está en los edificios, donde pasamos la mayor parte del tiempo y que son responsables del 40% de las emisiones del planeta.

“Tenemos que reinventar los edificios para hacerlos más inteligentes, más integrados y menos contaminantes. No solo son ladrillos, así que debemos convertirlos en el lugar perfecto para hacer las cosas que necesitamos hacer de la forma más eficiente y ecológica posible. Una oficina debe estar enfocada a mejorar la productividad, mientras que en un espacio para eventos debe primar la seguridad”, explica.

García recalca que la clave no está en cambiar el físico de las ciudades, sino su lógica, e insiste en que ser una ciudad inteligente no significa tener una tecnología de última generación. Se trata de gestos como cambiar la frecuencia de los semáforos según el volumen de tráfico o el horario de los transportes públicos según la climatología, lograr que los edificios compartan energía o que el suministro del agua o la luz cambie en función de las necesidades de la ciudad, como tras una catástrofe natural.

“Tenemos que entender que las ciudades están vivas y que no solo hablamos de soluciones tecnológicas, sino de soluciones integradas. En definitiva, el concepto de ciudad inteligente no solo engloba software, sino también aspectos sociales, infraestructuras de energía, tecnologías de la comunicación e infraestructuras de transporte”, concluye.