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El precio de la vivienda, la raíz de muchos de los problemas de los países ricos según The Economist

Desarrollo de Los Ahijones, al sureste de Madrid / Los Ahijones
Desarrollo de Los Ahijones, al sureste de Madrid / Los Ahijones
Autor: Redacción

Desde la década de 1960 hasta los 2000, una cuarta parte de las recesiones económicas en los países desarrollados vinieron acompañadas de fuertes caídas en el precio de la vivienda. Y aquellas crisis asociadas con problemas financieros y caídas en el mercado inmobiliario fueron más profundas y duraron más que otras recesiones. Así lo afirma el semanario The Economist, en un especial que ha elaborado donde pone negro sobre blanco en el problema de la vivienda a nivel mundial.

De hecho, asegura que en los países ricos y, sobre todo, en los de habla inglesa, la vivienda es demasiado cara, lo que daña la economía y envenena la política. Además, es el epicentro de todas las preocupaciones: los precios reales de la vivienda han subido un 15% desde el final de la última crisis financiera mundial.

El semanario económico subraya que tradicionalmente a los políticos de los países desarrollados les gusta que el precio de la vivienda suba. ¿Por qué? Porque la gente se siente más rica y, por lo tanto, pide más dinero prestado y gasta más, lo que a corto plazo da un buen impulso a la economía del país. Y cuando los ciudadanos están a gusto con su situación financiera, los políticos tienen una mayor probabilidad de ser reelegidos en las siguientes elecciones.

Pero… siempre hay un lado negativo. El encarecimiento de la vivienda es inequívocamente malo para la creciente población de inquilinos en los países ricos, lo que les obliga a recortar el gasto en otros bienes y servicios. Y no es sostenible una política económica que se base en que los compradores de viviendas asuman grandes deudas.

Un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) señala que, en el corto plazo, el aumento de la deuda de los hogares impulsa el crecimiento económico y el empleo. Pero los hogares deben controlar el gasto para pagar sus préstamos, por lo que, de tres a cinco años, esos efectos se revierten: el crecimiento se vuelve más lento de lo que hubiera sido de otro modo, y las probabilidades de una crisis financiera aumentan.

Además, se da la paradoja de que las ciudades más productivas del mundo desarrollado no levantan suficientes viviendas nuevas, con lo que se limita su crecimiento y se vuelven más caras. Ante la falta de oferta, el precio sube, ya sea vivienda en propiedad o en alquiler. Así, aquellas personas que quieran mudarse a vivir a Londres, San Francisco o Sídney no pueden permitírselo, porque los precios de las casas están disparados: la productividad y los salarios son mucho más altos en estas ciudades que en otras, con lo que se reduce el PIB.

The Economist califica de “mala noticia” que en las últimas décadas el mundo rico haya empeorado su actividad inmobiliaria y la construcción de nuevas viviendas. Y como muestra, un artículo de Kyle Herkenhoff, Lee Ohanian y Edward Prescott. Estos autores aseguran que en EEUU este proceso ha ralentizado la migración entre estados y reducido la productividad.

Además, a esto se suma que las restricciones en el crecimiento urbano de una ciudad hacen que sea más difícil reducir las emisiones de dióxido de carbono, ya que las grandes ciudades son las formas construidas más eficientes.

La vivienda levanta resquemor en el mundo desarrollado: mientras que los “baby boomers” desean ser propietarios de una vivienda grande y cara, los más jóvenes prefieren alquilar, con lo que se va aumentando el resentimiento de los ‘millennials’ hacia los más mayores. El economista Thomas Pikett asegura que en las últimas décadas la rentabilidad del capital ha excedido lo que se paga en salarios, con lo que esto ha provocado un aumento de la desigualdad. Pero hay quien ha criticado los hallazgos de Piketty, señalando que lo que realmente explica el aumento de la rentabilidad del capital son los rendimientos crecientes que ofrece la vivienda.

Pese a todo, aún se está a tiempo de revertir las políticas. En Reino Unido, el Gobierno dice abiertamente que el mercado inmobiliario está “roto”. Y Scott Morrison, primer ministro de Australia, se ha comprometido a construir viviendas más asequibles. En Canadá las elecciones se centraron en saber qué partido político haría más por controlar el precio de la vivienda en el país. Carrie Lam, jefa ejecutiva de Hong Kong, ha puesto la vivienda en el epicentro de sus políticas.

Y en España también se están poniendo los cimientos para evitar las subidas de precio en zonas tensionadas, como Madrid o Barcelona. Algunas políticas municipales pasan por aumentar la oferta de vivienda asequible en alquiler, y desde el Gobierno central también se apuesta por crear un índice para limitar el aumento del alquiler.

Además, hay una clara apuesta desde los ayuntamientos a llevar a cabo una colaboración público-privada para levantar vivienda asequible en alquiler. 

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