Uno de los elementos más singulares de la arquitectura persa y su influencia es el esplendor de sus cúpulas. Las formas abovedadas han sido históricamente símbolos de protección, espiritualidad y comunidad, capaces de regular el clima extremo y de crear espacios interiores continuos y envolventes.
En Irán, cuna de Persia, su influencia se extiende desde mezquitas y caravasares hasta construcciones domésticas, donde la cúpula actúa contra el calor y, al mismo tiempo, como un elemento cultural profundamente arraigado.
En la isla iraní de Ormuz, este legado se reinterpreta con Presence in Hormuz, un conjunto vacacional y cultural formado por cerca de 200 cúpulas de vivos colores que se despliegan frente al golfo Pérsico y que transforman la tradición en una experiencia arquitectónica colectiva y vibrante.
Un horizonte de cúpulas
Concebido como una “residencia cultural”, el complejo se sitúa a unos ocho kilómetros del núcleo urbano principal de Ormuz y rompe con los habituales y dominantes bloques de apartamentos junto al mar. El proyecto, diseñado por el estudio ZAV Architects, apuesta por una arquitectura horizontal, fragmentada y profundamente vinculada al paisaje y a la identidad local.
Según sus palabras, “Presence in Hormuz pretende atraer visitantes a la olvidada isla de Ormuz con el fin de aumentar el PIB (producto interior bruto) nacional y local con la ayuda de la arquitectura”, subrayando la dimensión social y económica del proyecto.
Como se ha dicho, en lugar de una gran edificación, se optó por descomponer el programa en múltiples unidades abovedadas de distintos tamaños, conectadas entre sí como si formaran un campo de colonias que se entrelazan en un tejido fluido similar al de un barrio. Esta estrategia reduce el impacto visual del conjunto y remite a la lógica de los asentamientos tradicionales.
Las cúpulas se agrupan de manera densa, generando calles, plazas y recorridos informales que refuerzan la sensación de comunidad. Su perfil escalonado dibuja un horizonte artificial que dialoga con las suaves colinas y formaciones naturales de la isla. “Las cúpulas tienen varios tipos y tamaños en sus arcos, que combinados crean un horizonte que coincide con el de la isla de Ormuz, que fue estudiado a fondo en nuestro trabajo”, explica el estudio.
Color, construcción y comunidad
Uno de los rasgos más llamativos del proyecto es el uso radical del color. Las cúpulas se pintaron en intensos tonos rojos, amarillos, azules y verdes, una decisión que se extiende también a los interiores.
Para el estudio, el color forma parte intrínseca del lugar, “no se puede eliminar el color de la isla de Ormuz: sus playas de arena de colores cambian incluso el color del mar azul, ni de su gente, para quienes el color es un importante medio de expresión. Los colores que nos rodean en Ormuz nos dieron el valor para ser tan atrevidos como la isla”.
El conjunto alberga 15 casas de vacaciones formadas por varias cúpulas interconectadas, además de edificios destinados a restaurantes, cafeterías, tiendas, espacios de información turística y áreas de recepción. Todo ello refuerza la idea de un pequeño asentamiento autosuficiente, más cercano a un pueblo que a un resort convencional.
Desde el punto de vista constructivo, el proyecto recupera técnicas de baja tecnología adaptadas a los recursos locales. Las cúpulas se levantaron mediante sacos de arena apilados, rellenos con tierra y arena dragada del muelle de Ormuz, posteriormente fueron reforzados con acero y recubiertos de cemento.
Según el estudio, “se construyó con métodos de baja tecnología, lo que permitió la participación de trabajadores no cualificados, que se convirtieron en maestros y operarios cualificados una vez finalizada la obra”.
Este proceso tuvo un impacto directo en la comunidad local, no solo durante la construcción, sino también a largo plazo. “Hay programas previstos en un centro comunitario y de aprendizaje donde la gente también puede mejorar sus habilidades en materia de hospitalidad”, añade el estudio.
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