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Por qué nunca tuvo que dejar de gustarte La Rambla

La Rambla desde el tramo de Canaletes
La Rambla desde el tramo de Canaletes

Existe el chascarrillo entre los barceloneses de 'esto parece Las Ramblas' cuando un sitio se convierte en bullicio y gentío. En vida. La que en su origen era solo el cauce seco de un río que llegaba hasta el puerto de la Barcelona romana, concentra en sus 1,2 kilómetros todo lo que es esta ciudad.  Pese a ello, hubo un día que los barceloneses dejaron de sentirla suya, que es un circuito artificial para turistas, dicen. Pero pensar eso de la arteria más transitada de Barcelona es un error.

Ahora, que nos dejó ahogados, debemos coger aire y recordar que La Rambla siempre fue un espectáculo, escenario de cientos de historias. Nunca fue de los barceloneses y, en cambio, lleva impregnado en sus aceras y árboles su ADN: revolucionaria como sus revueltas y quemas de conventos; ostentosa por el lujo de la burguesía; una eterna primavera por sus flores todo el año; pilla como sus primeros turistas los marines y golfa  y vividora como los escritores y artistas embriagados en sus bares. 

Es pregunta de Trivial saber cuántas ramblas tiene Barcelona y decir una siempre llevaba a equívoco. Las Ramblas siempre han sido cinco, aunque ahora se hayan unificado en una: de Canaletes, dels Estudis, de les Flors, dels Caputxins y de Santa Mònica. Entonces, ¿se pronuncia en singular o en plural? En este espacio abierto es todo tan fugaz e inesperado que hasta su designación es múltiple y confusa. 

Como toda historia tiene un origen, la de La Rambla se remonta a mediados del siglo XV, cuando el Consell de Cent, el gobierno municipal, decidió desviar el riachuelo de Sant Miquel que inundaba los locales de La Rambla para convertirla en paseo. Ineludiblemente, su destino era ser un torrente, primero de agua y luego de personas. Enseguida se convirtió en el paseo favorito de los barceloneses, un lugar tranquilo lejos de los caminos de carros. 

En ella se fueron instalando los conventos de distintas órdenes que iban llegando a la ciudad: los Carmelitas descalzos, San José, San Francisco, del Carmen, de Belén, los Capuchinos... Gracias a ellos, la calle empezó a tomar un aspecto más urbano. Pero Barcelona se volvía poco clerical en los periodos de mayor frustración. Hay que retroceder hasta 1835 para ver desperezarse a La Rambla y sacar su genuino carácter reivindicativo, con los motines contra las órdenes religiosas en plena Revolución liberal.

Y de esa primera rebelión, la huida de los religiosos y la desamortización de sus terrenos, dio paso a una transformación de La Rambla y, en consecuencia, de la ciudad. Nace La Boquería con sus vendedores ambulantes, llegan los burgueses y empiezan a construir pequeños palacetes y levantan un lugar donde deleitarse con su nueva afición, la ópera, en el Gran Teatro del Liceu.

No solo los vendedores del mercado con sus boinas se entremezclaban con los sombreros de los burgueses que acudían a la ópera. La Rambla también mestizaba otros personajes. Pasear 'Rambla amunt, Rambla avall' hacía de esa calle una pasarela digna de observar. Mientras que de día la burguesía lucía sus mejores galas en las terrazas, por la noche los marines que amarraban en la ciudad derramaban su alegría y dinero sin prudencia con todos los placeres y vicios que les ofrecía la calle. Eran los primeros grandes visitantes de la ciudad.

A mediados del siglo XX, cuando España estaba sumida en pleno franquismo, los marines americanos desembolsaban entre uno y dos millones de pesetas de entonces solo en La Rambla. Desde el puerto se repartían folletos a los tripulantes para saber dónde bañarse en alcohol y escoltarse con prostitutas en cada muslo. Como refleja Xavier Theros en su libro 'La sexta flota en Barcelona' (La Campana), no solo se les escabullía el dinero, también trajeron la leche en polvo, el queso chédar y la mantequilla, además de sacudirnos cabeza, tripas y caderas con violencia, racismo y rock and roll.

También tuvo explosiones, las más conocidas las que sufrió el Liceu con las bombas Orsini que impactaron en el recinto y sus aledaños. Tuvo sus tiroteos entre anarquistas y socialistas en los Hechos de Mayo de 1937 y tuvo también su asalto al Banco Central, no hace tanto, en 1981. Pero también tuvo el placer de ver pasear por ella al escritor danés Hans Christian Andersen, en 1862, y dejó testimonio en su libro 'Viaje por España';  encandiló a Federico García Lorca y conquistó los ojos de Josep Maria Planes para que memorizara en su 'Nits de Barcelona' la vida mundana que presenció en sus calles. Les sirvió de trampilla a Hemingway, Dalí y Picasso para ir en busca de absenta a unos pocos metros, al Marsella.

La historia de una ciudad no la cuentan los libros, la cuentan sus calles. La Rambla siempre jaleó e hirvió, aunque muchos barceloneses creyeron, erróneamente, que los turistas se la habían apoderado. La estrecha y larga Rambla, el espacio más abierto de la ciudad, nunca nos perteneció y, en cambio, en ella, uno encuentra siempre las raíces de Barcelona.

Y que así renazca, desvergonzada y despreocupada, en definitiva, que siga viva por muchos años más.