
La ciudad necesita proyecto y la vivienda necesita infraestructura. Afirmación en la que, no albergo dudas, convendrán conmigo los lectores cuya vocación o profesión sea la arquitectura, la ingeniería, el derecho, la geografía, la ciudad. Con frecuencia sucede que no hay un proyecto integral, o no hay infraestructura, o la elaboración y desarrollo de ambos se dan la espalda desde su concepción. Otras veces, demasiadas, cuando encontramos los elementos de lo que debiera ser una unidad, se trata de proyectos o de infraestructuras poco o nada transversales. Y esas realidades multiplicarán, además, la ansiedad que pueden generar al observador cuando este descubre algo que puede resultar mucho peor que la misma ausencia de un emisario, de una acometida eléctrica, de la conexión adecuada con la red de agua potable o regenerada, o de cualquier fallo técnico o de proyecto que hacer ciudad, ciencia cada vez menos exacta y más líquida, puede suponer. Y esto es la ausencia de liderazgo.
La transformación urbana, la auténtica, la que cambia barrios y ciudades, la que mejora la calidad de vida de los ciudadanos, no se activa desde las declaraciones solemnes, desde el eslogan mejor o peor trabajado, desde las infografías o las perspectivas. La evolución de la ciudad, su modificación o renovación, su reajuste o mutación, su alteración o conversión, su generación o regeneración, aquella transformación, ha de construirse desde la coordinación, la anticipación y, sobre todo, desde la decisión. Se ha de liderar el proceso.
Las administraciones, con excepciones muy destacadas que alguna vez he traído a este Punto de Encuentro, rara vez lo gobiernan de manera integradora e integral, lastradas por una cada vez mayor fragmentación de competencias que aproximan su gestión a la inoperancia. El papel del sector privado, aunque soy consciente de las ampollas que en algunos puede provocar la afirmación, se ve reducido muchas veces a mero ejecutor, olvidando la amplitud de miras, la visión de la ciudad como un organismo vivo y, aunque su resiliencia está más que demostrada, delicado.
Un sector privado que en muchas ocasiones prefiere culpar, y esto es muy nuestro, muy de aquí, genuina e históricamente español, a las administraciones públicas y descargar en el político o en su programación responsabilidades que habrían de ser el padrenuestro de todo buen gestor. Pero hay suelos clasificados, planes e instrumentos aprobados, incluso promociones proyectadas. Solo después de la existencia de lo primero se repara en la necesidad de lo básico, de aquella infraestructura que permita, por ejemplo, la conexión dimensionada y eficaz con la red de agua potable o que resulte en la completa y adecuada integración de la nueva ciudad construida con la red eléctrica urbana.
Ante esto lo más cómodo es el aspaviento y sentarse a exigir y esperar que alguien, normalmente el último en llegar, algún día, desbloquee la situación. No afirmo que sea esta la regla, ni mucho menos, pero todos conocemos excepciones que confirman la profesionalidad del sector. Es oportuno aclarar, por supuesto, que el sector privado español está comprometido, siempre lo ha estado, con la ciudad, cargando, más de la cuenta, con circunstancias, pesos y gastos que no deberían imputarse exclusivamente a su impecable quehacer en la generación de ciudad. Ese compromiso y esa vocación de servicio del sector privado está más que demostrada en el urbanismo patrio y en la construcción de nuestras ciudades y pueblos, constituyéndose en protagonista indiscutible de avances, resultados, construcción de ciudad y de vivienda y en principal motor de nuestra economía.
Sucede que vivimos una clamorosa ausencia, a mi juicio, de liderazgo transversal. Nadie coordina urbanismo, vivienda, medio ambiente, infraestructuras, cultura o patrimonio, entre otros muchos factores en los que no me extiendo por no resultar prolijo, como partes de un todo. Cada cual hace la guerra por su lado y ello, indefectiblemente y como natural derivada que alcanza grado superlativo en el caso español, lleva a la consideración de la administración, o del particular, o del promotor, o del propietario, como elemento enemigo o, en el mejor de los casos, sospechoso. Cada uno con sus lógicas propias, con sus necesidades singulares, con sus propios plazos y casi siempre incompatibles. Y así se pierde el sentido de conjunto, ese que ha de definir, so pena de fracaso en su ausencia, a una ciudad habitable, funcional, integradora e integral, con futuro.
La dispersión competencial entre las administraciones públicas agrava, claro, el panorama general. Ayuntamientos sin capacidad, comunidades autónomas sin medios ejecutivos, algún ministerio sin el imprescindible conocimiento local. Las decisiones no llegan, o llegan tarde, o llegan mal. Lo urgente desplaza a lo importante. La estrategia se ve arrinconada contra las cuerdas de la ineficacia operativa. Un círculo vicioso que deriva en una cultura institucional de bloqueo que, desgraciadamente, se extiende como una peligrosa mancha de aceite que conviene contener, antes de que estemos enterrados en un chapapote demasiado denso para eliminar con éxito y solo podamos retirar lo que nos ahoga, sin cerrar, sanear y limpiar su origen.
Vuelvo al promotor privado, respecto del que su figura ha de potenciar o, en su caso, recuperar, su virtualidad como agente que hace ciudad. Hay ejemplares de esta preciosa especie, muchos. La potencia de su extraordinaria capacidad creadora, de su virtud como coordinador, ejecutor e inversor, de su conocimiento y de su capacidad para intervenir en los múltiples procesos urbanos, identificando oportunidades y obstáculos, no ha de verse mermada por aquella cultura institucional de bloqueo.
El promotor privado en España es el que ha hecho de su urbanismo un proyecto colectivo de transformación. Ahora bien, ante la extrema variabilidad de una realidad cada vez más líquida, debe potenciarse la figura del gestor urbano, del estratega urbano. Público y privado. Alguien con legitimidad, conocimiento técnico y visión a largo plazo. Aquel que es capaz de trascender esa categorización, interesada aunque absolutamente real, entre público o privado y que sepa y pueda focalizar su propósito en el interés del barrio, de la ciudad, del territorio. Alguien que sea capaz de conectar las piezas: el suelo, las infraestructuras, la vivienda, el transporte, los espacios públicos, la sostenibilidad, el patrimonio cultural e histórico. Profesionales con vocación transversal e integradora que no descuiden el verdadero interés general sin que ello implique, como es natural, el menoscabo de los intereses particulares que gestione y defienda en cada momento.
Y es que al final, todo se decide —o se bloquea— en lo que no se ve. Una infraestructura mal planificada, o directamente olvidada, puede condenar a un desarrollo entero al fracaso. Lo hemos visto muchas veces: barrios sin transporte público o con la movilidad comprometida desde su nacimiento, áreas residenciales con una red de saneamiento insuficiente, suelos con ordenación aprobada pero sin electricidad o fibra óptica. Por eso urge una planificación integrada: no basta con clasificar suelo. Hay que prever y asegurar las infraestructuras que lo harán viable. Y no solo hablamos de carreteras o colectores: también de infraestructuras blandas, como redes digitales, energéticas, logísticas o de servicios públicos, cuya ausencia impide la vida cotidiana y ahuyenta cualquier inversión.
La infraestructura es, no se dude, la base material del derecho a la vivienda. Sin inversión —pública y privada— en redes, conexiones y servicios, todo lo demás se convertirá o tenderá a la promesa hueca. Y alerto del riesgo de planear sin asegurar lo que hace posible el plan: aquella infraestructura, el canal, el transformador, la estación. El cable que no llega y la obra que no arranca. Todo ello, esa ciudad que no se ve pero que determina la existencia misma de la ciudad, ha de ser contemplado por aquel estratega o gestor urbano desde el comienzo de su actividad. De ahí la importancia de que las riendas no se le entreguen con el caballo ya desbocado o cansado. Vivimos en un entorno cada vez más dinámico e interrelacionado, caracterizado por configuraciones abiertas, fluidas, ambiguas muchas veces. La ciudad es base para la experimentación y prueba de nuevas soluciones espaciales y formales y se convierte en escenario donde ensayar, también, nuevas estrategias operativas. Ciudad, paisaje, territorio se combinan en estructuras híbridas donde la línea que separa aquellas categorías tradicionales, interior-exterior, público-privado, ciudad-campo, es cada vez más borrosa o difusa.
En la realidad de las ciudades del siglo XXI lo que se ha dado en llamar el paisaje de las infraestructuras acapara e integra, envolviéndolo, el paisaje urbano. Sin embargo y aun sabiendo el potencial espacial de ambos conceptos, ciudad e infraestructuras se dan la espalda, ignorándose muchas veces, cuando no entrando en abierto conflicto. El espacio físico de las infraestructuras escapa al control de la ciudad y del espacio urbano, cuando ese espacio condiciona de manera determinante al propio desarrollo urbano.
España no necesita más regulación, sino más visión. Y, sobre todo, más vocación y mayor liderazgo. Profesionales que piloten, que sepan hacia dónde vamos y cómo llegar. Porque sin timón, no hay travesía posible. El urbanismo, la ciudad, sus infraestructuras no pueden verse empujados por el cortoplacismo. El debate no puede seguir centrado solamente en si hay que construir más o menos, sabemos que hay que construir más y mejor y que hay que regenerar y rehabilitar, cuidar la ciudad que tenemos. Tampoco en si hay que construir más alto o más lejos, sabemos que debemos construir con sentido y que debemos densificar la ciudad construida y la ciudad por hacer.
El debate ha de mirar, también, y con igual o mayor intensidad, hacia las infraestructuras, aquellas que permiten que el suelo se transforme en ciudad. Y todo ello desde un liderazgo transversal, integral, transformador, profesional, que sepa combinar la enorme variabilidad de factores que en cada momento condicionan una realidad y una ciudad líquida y compleja y a una sociedad cuya evolución no ha de medirse solo desde el número sino también desde la perspectiva del ser humano.
Lo cual me lleva a concluir como suelo. Igual que le sucede al ser humano, no solo de pan vive la ciudad. Las infraestructuras, las calles, las viviendas, los servicios y dotaciones, el comercio y el lugar de trabajo, todo ha de incidir en la mejora continua de la calidad de vida del ciudadano. Y la ciudad, como el ser humano, está hecha de materia, pero también de espíritu, de arte, de historia y de futuros plausibles, de aspiraciones. Ciudad, infraestructuras, gestión, creación, reflejos de la capacidad del hombre para evolucionar hacia una sociedad cada vez más compleja y que no ha de excluir, con todo, la aspiración de una mayor cohesión y de mayor prosperidad.
Marcos Sánchez Foncueva es uno de los mayores expertos en urbanismo y suelo de España. Abogado urbanista, toda su carrera profesional ha estado ligada al urbanismo y al sector inmobiliario. Ha liderado las Juntas de Compensación de Sanchinarro, Valdebebas y Los Cerros, entre otras. Es miembro del Comité Ejecutivo y coordinador de la mesa de urbanismo en Madrid Foro Empresarial.
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