Muchas son las arquitectas que reconocen que, durante su formación, echaron en falta asignaturas relacionadas con la psicología del usuario (el que habitará la casa o trabajará en la oficina) y sus necesidades emocionales. Y todo esto entronca con la denominada neuroarquitectura que es “la ciencia que estudia cómo los aspectos de un entorno arquitectónico pueden influir sobre determinados procesos cerebrales tales cómo el estrés, la emoción y la memoria. Su fin es entender cuál es el funcionamiento del cerebro en correlación al ambiente, para así construir espacios que se adapten y beneficien a las personas”, explica la arquitecta María Brotons, fundadora del estudio Casalinga espacios con alma.