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Los daños que causan los salarios mileuristas a la economía española y cómo revertir la situación

Gtres
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Los economistas prehistóricos siguen pensando que el principal indicador de crecimiento y bienestar de una economía es el Producto Interior Bruto (PIB). Algunos todavía creen que, tal y como estudiaron en su juventud, los tipos de interés son una variable intermedia que se forma por la interacción de la oferta y la demanda de dinero, cuando es bien sabido que en la eurozona llevamos seis años con los tipos de interés negativos por imposición del Banco Central Europeo (BCE). Es bueno haber estudiado en una universidad y haberse sacado un título, pero es mucho más importante asumir que en una disciplina como la Economía, es preciso estar formándose constantemente y aceptar los cambios de paradigma que, desgraciadamente y cada vez con mayor rapidez, están afectando a una economía mundial cada vez más globalizada.

Desde hace una década hemos asumido en España que la famosa “devaluación interna” que impuso Mariano Rajoy para que su amiga Ángela Merkel aceptase que “pulpo es animal de compañía”, o lo que es lo mismo que las medidas que se tomaron en 2012 no eran un rescate, aunque nos hayan llevado a una situación de precariedad sin precedentes en nuestra historia, salvo probablemente la época autárquica de la posguerra. El hecho es que una de las medidas era, utilizando la manida reforma laboral, rebajar los costes laborales de las empresas; dicho de otra forma, permitir que las empresas pudieran despedir a los padres que ganaban 30.000 euros al año, sustituyéndolos por los hijos que ganarían 10.000 euros y, de esa manera, impulsar las ventas de las empresas españolas que podrían exportar a los países europeos con gran ventaja competitiva por la vía de la existencia generalizada de costes de personal muy bajos.

Esta medida, no demasiado criticada, ha transformado España en un país de mileuristas y nimileuristas, y eso sí, ha permitido que el PIB subiera, pero a costa de crear una generación de jóvenes que no se pueden emancipar, no pueden comprarse un coche, no pueden alquilar ni comprar una vivienda, no pueden casarse y mucho menos tener hijos.

Habrá quien piense que eso era lo que había que hacer para que la gente se hiciera la ilusión de que tenía un puesto de trabajo y, al menos, podía comer, pero este planteamiento no puede en ningún caso ser asumido en un modelo de Estado, máxime cuando nada más cruzar los Pirineos resulta que el salario medio de muchos países europeos dobla al español.

En la última estadística de declarantes de IRPF del año 2019, el número de personas que ganaban menos de 12.000 euros al año era en España de 8.198.156, con una media de ingresos de 10.739 euros por persona. Estos mileuristas suponían el 39% del total de declarantes. Podemos estar tentados de hacer comparaciones con otros países europeos, pero no tiene sentido hacerla, ya que en la mayoría de los países de nuestro entorno los mileuristas sencillamente no existen. Francia, por ejemplo, tiene un salario mínimo de 1.555 euros al mes, con lo que no hay mileuristas; lo mismo pasa en Alemania (1.585 euros) o en Gran Bretaña (1.583 euros).

Estamos, pues, ante un problema muy español. Hay economistas y políticos que se conforman con esta situación; vamos, que esto es lo que hay, y que “Spain is different”, como rezaba algún viejo eslogan. Sin embargo, el problema no es la diferencia, sino el futuro de nuestros hijos y nietos. Hace varios años, en una tertulia radiofónica, le pregunté al presidente de las Cámaras de Comercio sobre este problema, y después de unos segundos de silencio me respondió que “esto siempre ha sido así”, y se calló. 

Hay tres hechos diferenciales que han estado marcando estos últimos años la realidad económica española: el déficit público permanente, el peor de Europa; el crecimiento geométrico de la deuda pública y el agujero creciente del sistema de pensiones. Pues resulta que el pagar salarios mileuristas a lo mejor tiene mucho que ver con estos problemas que se están convirtiendo en estructurales en nuestra Economía.

Si nos centramos en 2019, para evitar la contaminación del ‘efecto covid’, podemos observar que el déficit público fue de 35.637 millones de euros, un 2,86% de PIB. De esa cantidad, 18.844 millones eran del desequilibrio general del Presupuesto y 16.793 millones procedían del agujero creciente de la Seguridad Social. En 2020, el crecimiento ha sido geométrico, pero prefiero no entrar en estas cifras, ya que el covid parece que disculpa todo en los dos primeros años de gobierno de Pedro Sánchez, una de las personas más optimistas que hay sobre nuestra vieja piel de toro.

Pues bien, si comparamos el déficit público con los ingresos obtenidos en el año 2019 (86.892 millones de euros) por el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF), y con los 124.162 millones obtenidos por ingresos de la Seguridad Social, resulta que para conseguir cubrir el déficit público bastaría, asumiendo un crecimiento lineal, con incrementar un 21,68% de media los salarios (18.844 / 86.892 = 21,68%). Pero este incremento, a efectos de Seguridad Social, supondría aproximadamente 26.918 millones de euros (sólo necesitaríamos 16.793 millones para equilibrar), por lo que tendríamos un superávit (se recaudaría por el simple incremento de los salarios).

Como nos sobran 10.125 millones y, como es bien sabido, en torno al 82% de los ingresos por cotizaciones está a cargo de los empresarios, el 8,15%, que nos sobraría podríamos destinarlo a rebajar las cuotas empresariales, que pasarían del 23% al 20,71%, lo cual sería bien visto por los empresarios, y nos aproximaría a los estándares europeos. Por supuesto, estas cifras son aproximadas, y habría que hacer un ejercicio más profundo para cuantificar bien los porcentajes anteriores.

Soy consciente de que las cuentas de 2020 y 2021 van a ser una película de terror, pero sí podemos resolver dos de nuestros graves problemas estructurales: salarios muy por debajo de los europeos y cotizaciones empresariales a la Seguridad Social muy por encima de las europeas. A lo mejor, sería interesante explorar este camino de común acuerdo con empresarios y sindicatos, en lugar de seguir subiendo simplemente el salario mínimo, que es lo fácil, y a lo cual, y lo entiendo, la patronal siempre se opondrá.

No se trata de subir sólo los salarios mínimos, sino de regularizar de una vez por todas la situación de los trabajadores cualificados. No se puede permitir que un ingeniero español cobre el 60% de lo que cobra un ingeniero alemán, a pesar de tener la misma cualificación; entre otras cosas, porque, como hemos indicado, una de las principales causas del desastre de nuestras cuentas públicas son precisamente los bajos salarios, así que, empecemos por aproximarnos a los salarios europeos. Un 20% de incremento generalizado no es mucho, y nos permitiría equilibrar los presupuestos, a pesar de que seguiríamos estando muy lejos de la media europea, pero sería un inicio.

Evidentemente, los empresarios españoles dirán que por qué van a ser ellos los paganos, si tan bien les va pagando sueldos bajos, pero tienen que pensar que una empresa no es un ente coyuntural, sino un proyecto a medio y largo plazo. No se puede ser empresario si lo que se tiene es una mentalidad cortoplacista. La solución para el empresariado español pasa por la inversión en I+D, la internacionalización y la profesionalización de sus empresas. El 70% de las pymes familiares no aguantan la segunda generación, la transparencia exigida por la bolsa les da sarpullido a muchos empresarios y lo de exportar (hay que saber inglés) les cuesta mucho.

Si queremos cambiar las cosas, modernizando el modelo productivo, hay que empezar por el empresariado español. El Gobierno español puede apoyarles, pero si no cambian su mentalidad, es muy difícil que nuestro país se ponga al nivel de los principales países europeos. Compararnos con Portugal y Grecia no puede ser un consuelo.

Miguel Córdoba es profesor de economía y finanzas desde hace 33 años y ha sido director financiero de varias empresas del sector privado.